Hoy, la celebración litúrgica nos pone ante el Bautismo de Jesús, situándonos, mental y espiritualmente, en las orillas del río Jordán. Dejamos atrás la calidez del pesebre de Belén y la adoración de los Reyes Magos para encontrarnos con un Jesús adulto. Ya no es el niño en brazos de María; es el hombre que está a punto de comenzar su misión pública.
En la primera lectura (Is 42,1-4.6-7) el profeta Isaías anuncia que el Señor elige a un «siervo», al que envía con el auxilio de su Espíritu para implantar la ley y la justicia (cf. Is 42, 1-7). La figura del «siervo» resulta algo enigmática porque Dios lo sostiene, lo elige, en él se complace su alma y ha puesto su espíritu sobre él, y con la misión de llevar el derecho, la justicia a todas las naciones, describiendo su obrar desde lo que no va a hacer: no gritará, no quebrará la caña doblada, no apagará la mecha humeante, etc., pues su accionar será humilde y pacífico, hasta instaurar el derecho y la justicia, pues Dios lo destinó a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.
¡Cuánto de esto vemos reflejado en el ser y quehacer de nuestro querido Beato Mamerto Esquiú! Realmente siervo sufriente con Jesús.
La escena que nos presenta el Evangelio es, a primera vista, desconcertante. Vemos a Juan el Bautista, profeta fogoso, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Vemos filas de personas: pecadores, recaudadores de impuestos, soldados, gente quebrantada que busca limpiar su conciencia. Y en esa fila, hombro con hombro con los pecadores, vemos a Jesús.
Esto nos lleva a la gran pregunta teológica de este día, la misma que perturbó a Juan el Bautista: ¿Por qué el Santo de Dios, el que no tiene mancha ni pecado, entra en las aguas turbias del Jordán? ¿Por qué necesita bautizarse quien es la fuente misma de la Gracia?
Podemos destacar tres aspectos:
1. La Solidaridad de Dios. Jesús no entra al agua para ser santificado por ella, sino para santificar el agua. Al sumergirse, Jesús nos está dando el primer gran mensaje de su ministerio: la solidaridad.
Él no es un Dios lejano que nos grita desde el cielo cómo debemos vivir. Es el Dios que "se hizo carne" y que ahora se mete en el barro de nuestra existencia. Al formarse en la fila de los pecadores, Jesús nos dice: "No me avergüenzo de ustedes. Estoy aquí para cargar con lo que les pesa, para asumir su humanidad, sus luchas y su anhelo de redención". Como dijo San Máximo de Turín: "Cristo es bautizado, no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y, por medio de su propia purificación, purificar las corrientes de todas las aguas para los que habrían de ser bautizados después".
2. La Identidad Revelada. En el momento en que Jesús sale del agua, ocurre lo extraordinario. Los cielos se abren y se manifiesta la Trinidad. El Espíritu desciende como paloma y se escucha la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado; en él me complazco". Antes de que Jesús hiciera un solo milagro, antes de predicar el Sermón de la Montaña, antes de curar a un solo enfermo, el Padre ya lo había declarado Amado.
Esto es crucial para nosotros hoy. A menudo pensamos que Dios nos amará si nos portamos bien, si cumplimos las reglas, si tenemos éxito. Pero el Bautismo nos revela una verdad anterior: Somos amados por lo que somos, no por lo que hacemos.
3. Nuestro Propio Bautismo. Esta fiesta es un espejo de nuestro propio Bautismo. Tal vez la mayoría de nosotros fuimos bautizados de niños y no lo recordamos, pero la realidad espiritual permanece intacta.
El día de nuestro bautismo, el cielo también se abrió sobre nosotros. Aunque no escuchamos truenos ni vimos palomas físicas, el Padre pronunció sobre cada uno de nosotros las mismas palabras: "Tú eres mi hijo, tú eres mi hija amada". Ese día fuimos ungidos con 3 misiones, al igual que Cristo:
A) Sacerdotes: Para ofrecer nuestra vida diaria como una ofrenda de amor a Dios.
B) Profetas: Para anunciar la verdad y denunciar la injusticia con nuestra voz y ejemplo.
C) Reyes: Para servir, porque en el Reino de Dios, reinar es servir al prójimo, especialmente al más necesitado.
Queridos hermanos, el Bautismo de Jesús marca el final de su vida oculta en Nazaret y el comienzo de su vida pública. De la misma manera, nuestra fe no puede ser algo privado u oculto. Esto lo entendió muy bien el Beato Esquiú, y lo vivió con coherencia. Al recordar hoy el Bautismo del Señor, renovemos las propias promesas bautismales, y nos preguntemos:
• ¿Vivo con la dignidad de un hijo amado de Dios, o vivo como un esclavo del miedo y del pecado?
• ¿Estoy dispuesto, como Jesús, como Esquiú a ser solidario con los que sufren, a "meterme en el río" de las dificultades de mis hermanos para ayudarlos?
Que el Espíritu Santo, que descendió sobre Jesús en el Jordán, reavive hoy en nosotros la llama de la fe, para que podamos escuchar en el silencio de nuestro corazón la voz del Padre que nos dice: "No temas, yo estoy contigo; tú eres mi hijo amado". También, como fray Mamerto pongamos toda nuestra confianza en la Virgen del Valle, pues es nuestra Madre y está con nosotros para tranquilizarnos en las adversidades y fortalecer nuestra esperanza. Así sea.
¡Viva Jesucristo! ¡Viva la Virgen del Valle! ¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!