La carta, firmada este 28 de enero, la Hna. Simona Brambilla, misionera de la Consolata y prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica; por el proprefecto, el cardenal Ángel Fernández Artime, salesiano; y por la secretaria, Hna. Tiziana Merletti, de las Hermanas Franciscanas de los Pobres.
La carta tiene como propósito llegar “idealmente a todos los rincones del mundo” donde la vida consagrada se hace presente como “semilla esparcida en los surcos de la historia”. En ella se expresa un agradecimiento explícito por la fidelidad al Evangelio y por una entrega que, aunque a menudo marcada por la prueba, se mantiene como “signo de esperanza”.
El mensaje recoge la experiencia acumulada durante el último año a través de viajes y visitas pastorales del Dicasterio, que permitieron un contacto directo con realidades complejas en las que viven y sirven personas consagradas. Se trata de contextos atravesados por conflictos armados, inestabilidad política y social, pobreza estructural, marginación, migraciones forzadas, violencia generalizada y presiones sobre minorías religiosas.
Estas situaciones, señala el texto, interpelan a la Iglesia y revelan con claridad la dimensión profética de la vida consagrada como “presencia que permanece junto a los pueblos y a las personas heridas”. En muchos lugares, la dignidad humana, la libertad y hasta la fe misma se ven amenazadas, y es precisamente allí donde la fidelidad cotidiana de las personas consagradas se convierte en un testimonio silencioso pero elocuente de que “Dios no abandona a su pueblo”.
La carta reconoce que las complejidades sociales adoptan múltiples formas: fragilidad institucional e inseguridad, presiones sobre comunidades religiosas minoritarias, sociedades donde el bienestar convive con la soledad, la polarización y nuevas pobrezas, o realidades marcadas por profundas desigualdades y violencia. El Dicasterio señala que en este escenario, la esperanza suele desgastarse, pero la presencia humilde, creativa y discreta de la vida consagrada mantiene viva la confianza.
El mensaje recuerda que toda la vida consagrada, en la diversidad de sus formas, participa de una misma profecía: la del permanecer con amor. El texto describe cómo cada vocación expresa esta profecía de manera complementaria.
La vida apostólica encarna una cercanía activa que sostiene la dignidad herida; la vida contemplativa custodia la esperanza a través de la intercesión fiel “cuando la fe es puesta a prueba”; los institutos seculares testimonian el Evangelio como levadura discreta en los ámbitos sociales y profesionales; el Ordo virginum manifiesta la fuerza de la gratuidad y la fidelidad abierta al futuro; y la vida eremítica recuerda la primacía de Dios y la centralidad de lo esencial.
En todas estas expresiones, resalta la carta, se hace visible una misma llamada: “permanecer con amor, sin abandonar, sin callar”, haciendo de la propia vida una Palabra encarnada para este tiempo histórico concreto.
El mensaje vincula de manera explícita esta profecía del permanecer con la construcción de la paz. Retomando las enseñanzas del Papa León XIV, se recuerda que la paz no es una utopía abstracta, sino un camino cotidiano que exige escucha, diálogo, paciencia y conversión del corazón, así como el rechazo de la lógica del más fuerte.
“La paz no nace de la rivalidad, sino del encuentro”, señala el texto, y se construye desde la responsabilidad compartida, el caminar sinodal y el reconocimiento de que todos son hermanos. En este sentido, cuando la vida consagrada se mantiene junto a las heridas de la humanidad sin caer en la lógica del enfrentamiento, pero sin renunciar a proclamar la verdad del Evangelio, se convierte, muchas veces sin ruido, en auténtica artesana de paz.
El Dicasterio agradece explícitamente a los consagrados y consagradas por su perseverancia “cuando los frutos parecen lejanos” y por la paz que siembran incluso cuando no es reconocida ni visibilizada.
La carta invita también a custodiar como memoria agradecida la experiencia del Jubileo de la vida consagrada, vivida como una llamada a ser “peregrinos de esperanza por el camino de la paz”. Lejos de ser un lema vacío, el texto remarca que se trata de un estilo evangélico, experimentado en el propio camino que condujo al encuentro en Roma y que está llamado a seguir encarnándose en la vida diaria.
El mensaje concluye con una encomienda confiada al Señor para que fortalezca a cada consagrado y consagrada en la esperanza, los haga “mansos de corazón” y capaces de permanecer, consolar y recomenzar. De este modo la vida consagrada podrá seguir siendo en la Iglesia y en el mundo “profecía de la presencia y semilla de paz”, especialmente allí donde la dignidad está herida y la fe es puesta a prueba.






