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Diocesanas: Homilía de Mons. Urbanc en la homilía de la Misa Crismal
01/04/2026 | 3 visitas
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Queridos hermanos Sacerdotes: Una vez más, Dios Padre nos concede la gracia de celebrar, con el Santo Pueblo de Dios, el don inestimable del sacerdocio ministerial para el que nos eligió inmerecidamente el Único y Eterno Sacerdote, mediador entre Dios y la humanidad, Jesucristo, su amado Hijo, que se hizo hombre para redimirnos del pecado y hacernos consortes de la vida divina. (Fuente: Prensa Iglesia Catamarca)
Muchas gracias a todos los que han venido a acompañar y a rezar por sus respectivos sacerdotes y a participar de la bendición de los Óleos con los que se harán, a lo largo del año, las unciones correspondientes. El Buen Pastor nos ayude a vivir sinodalmente la tarea evangelizadora que Él ha confiado a su Iglesia.
Cuando el texto de Isaías 61,1 dice “El espíritu del Señor está sobre mí”, se refiere al individuo y al todo. Es decir, todos y cada uno, somos el pueblo ungido con óleo sagrado (Sal 88,21) y de alegría. Ungidos por el Espíritu Santo en el Bautismo, en la Confirmación y en el Orden Sagrado. Por eso, a todos, según el estado de vida que tengamos, nos corresponde renovar las promesas que un día hicimos de llevar la buena noticia a los pobres, de vendar los corazones heridos, de proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, de consolar a los que están de duelo, de cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, su abatimiento por un canto de alabanza y de proclamar un año de gracia del Señor (cf. Is 61,1b-3), para que, todos seamos «Sacerdotes del Señor», y unos pocos, «Ministros de nuestro Dios», así todas las naciones podrán “reconocer que somos la estirpe bendecida por el Señor” (cf. Is 61,6.9).
Por tanto, en esta Misa crismal, en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, eximio ejemplo de los ungidos por el Espíritu Santo, laicos, consagrados/as, sacerdotes y el obispo, le pedimos al Padre que renueve en nuestros corazones la unción, que todos hemos recibido en el bautismo, la misma unción con que ungió a su Hijo amado -el predilecto- y que Él nos comunicó abundantemente, como lo expresa el libro del Apocalipsis (1,5b): “Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre”.
Queridos sacerdotes: mi deseo y oración en esta Eucaristía es que, al renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación, nuestro Padre del Cielo nos renueve la gracia de tener los gestos propios de los ungidos, gestos sacerdotales y paternales para ungir a nuestro pueblo en la esperanza. Esperanza puesta sólo en Jesús, para sentir que son Sus manos las que lo libran y sanan, que son Sus labios los que le dicen la única verdad que consuela, que es Su corazón el que goza de habitar en medio de su pueblo y sentirlo carne de su carne.
Somos sacerdotes en lo más íntimo, sagrado y misterioso de nuestro corazón, allí mismo donde somos hijos por el Bautismo y morada de la Trinidad. Nuestro esfuerzo moral consiste en ungir, con esa unción profundísima, nuestros gestos cotidianos y más externos, de manera que, toda nuestra vida se convierta, por nuestro servicio, en lo que ya somos por gracia.
Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en Pan, mientras ungimos el pan cotidiano al consagrarlo en cada Eucaristía, y al compartirlo con nuestros hermanos. Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en hombres llenos de ternura, mientras ungimos con bálsamo el dolor de los enfermos. Que el Padre renueve en nosotros el Espíritu de santidad con que fuimos ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de manera tal que la unción llegue a las múltiples periferias, allí donde nuestro pueblo fiel más lo necesita y valora.
Ahora quiero detenerme a escudriñar con ustedes, hermanos sacerdotes, el texto de san Lucas que cada año nos ofrece la Liturgia para esta ocasión: «Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías…». El evangelista ubica a Jesús en la sinagoga de su pueblo, es como si Jesús estuviera en la Iglesia de su barrio, en nuestra parroquia. Nos hará bien meternos en la escena imaginando aquella ‘capillita de Nazaret’ y también, por qué no, imaginando cada uno a Jesús en su parroquia, en su templo. Esta es la imagen que hoy quiero poner de relieve: la de Jesús en medio del pueblo fiel de Dios, la de Jesús sacerdote y buen pastor en medio de la Iglesia local, no abstracta o la que uno sueña: la real, la concreta, la que se nos confió, la que nos vio crecer, la que nos hace sufrir. Porque en esta imagen está la fuerza de nuestra identidad sacerdotal. El Señor quiere seguir estando, a través de nosotros, sus sacerdotes, en medio de su pueblo fiel, del que formamos parte. Quiere necesitarnos para hacer la Eucaristía, para caminar sinodalmente en su Iglesia. Nos invita a ser sacerdotes que sientan ‘Madre’ a la Iglesia. Sacerdotes que siguen enamorados de la Iglesia Santa e Inmaculada, verdadera Esposa de Cristo, y no pierdan la mirada esperanzada del primer amor. Sacerdotes capaces de ver y sentir a la Iglesia católica como una y la misma, tanto en las grandes celebraciones, como en lo escondido del confesionario, siempre con afán de enseñar, consolar, orientar, perdonar y esperanzar.
La paciencia, la dulzura, la mansedumbre y el aguante sacerdotal se alimentan del Espíritu y de su Unción. Ungimos cuando nos dejamos ungir por el Espíritu de Cristo, manso y humilde de corazón, cuando nos sumergimos en Él y dejamos que impregne nuestras heridas pastorales, las que cansaron nuestras mentes y estresaron nuestros nervios. La unción del Espíritu permaneció sobre el Señor que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), derramando la misericordia del Padre sobre todos los que lo necesitaban en cada ocasión, hasta consumar su Pascua y el éxodo de sí en la apertura total de su corazón traspasado en la Cruz. La permanencia en la unción se define en el caminar y en el hacer. Un hacer que no sólo son hechos, sino un estilo que busca y desea poder participar del estilo de Jesús: el «hacerse todo a todos para ganar a algunos para Cristo» (1Cor 9,22). En las categorías del Evangelio podemos afirmar que un corazón sacerdotal fortalecido por la unción es el que es capaz de saltar de júbilo al contemplar a sus catequistas acompañando a los más pequeños o a los jóvenes que buscan a Cristo. Un corazón sacerdotal es fuerte si conserva la capacidad de saltar de alegría ante el hijo pródigo que vuelve, a que espera con paciencia en el confesionario. Un corazón sacerdotal es fuerte si es capaz de dejar que se le vaya encendiendo la alegría con la palabra del Jesús escondido que se nos hace compañero de camino. No nos olvidemos: la alegría del Señor es nuestra fortaleza y nos protege contra todo espíritu de queja, signo de falta de esperanza, y contra toda impaciencia, propia de funcionarios y no de corazones sacerdotales.
Nosotros, como sacerdotes, participamos de la misma misión que el Padre encomendó a su Hijo y por eso, en cada Misa Crismal, venimos a renovar la MISIÓN, a reavivar en nuestros corazones la gracia del Espíritu de Santidad que nuestra Madre la Iglesia nos comunicó por la imposición de las manos. La alegría y la consolación son el fruto y el signo evangélico de que la verdad y la caridad no son verso, sino que están presentes y operativas en nuestro corazón de pastores y en el corazón del pueblo al que somos enviados. Cuando hay alegría en el corazón del Pastor es señal de que sus movimientos provienen del Espíritu. Cuando hay alegría en el pueblo es señal de que lo que le llegó -como don y como anuncio- fue del Espíritu. Porque el Espíritu que nos envía es Espíritu de consolación, no de acedia. Pero la consolación no es una emoción pasajera, sino una opción de vida. Cuando digo que la consolación es una opción de vida, hay que entender bien que es una opción de pobres y de pequeños, no de vanidosos o agrandados. Opción del pastor que se confía en el Señor y sale a anunciar el Evangelio sin bastones ni sandalias de más y que busca la paz -esa forma estable y constante de la alegría- dondequiera que el Señor la haga descender. Este Espíritu de consolación no sólo está en el «antes de salir a misionar». También nos espera, con su alegría abundante, en medio de la misión, en el corazón del pueblo de Dios. Y si sabemos mirar bien, en el ámbito de la alegría, es más lo que recibimos, que lo que tenemos para dar.
El Señor es el Mejor Pastor porque es el Mejor Discípulo, es El Hijo, el que escucha siempre la palabra del Padre y sabe que el Padre lo escucha a Él. De la certeza del agrado del Padre, Jesús saca las fuerzas para cumplir su misión hasta el extremo de la cruz. El sello de la unción que interioriza la Palabra hace que el envío no sea a «hacer cosas», a «gestionar» el Reino, sino a darnos como personas y a compartir la vida de nuestra gente.
Por eso en este día, como sacerdotes, queremos poner en las manos sacerdotales del Señor Jesucristo, como una ofrenda santa, nuestra propia fragilidad, la fragilidad de nuestro pueblo, la fragilidad de la humanidad entera -sus desalientos, sus heridas, sus lutos- para que ofrecida por él se convierta en Eucaristía, el alimento que fortalece nuestra esperanza y vuelve activa en la fe nuestra caridad. Mediadores que ofrecen su propia fragilidad. Sabemos que la unidad se cuida cuidando las mediaciones. Y la Esperanza es mediadora por excelencia cuando está atenta a los pequeños detalles en los que se da ese misterioso intercambio de fragilidad por misericordia. Cuando hay buenos mediadores, de esos que cuidan los detalles, no se rompe la unidad. Jesús cuidaba los detalles. Notemos, por ejemplo, lo que dice de los «oprimidos»; ¡no se trata de un simple liberar cautivos! Él los libera «para enviarlos en misión» (Mc 5,19). De entre los mismos que antes eran cautivos el Señor elige a sus enviados.
Y la mayor audacia consiste precisamente en que se trata de una acción inclusiva, en la que asocia a Sí a los más pobres, a los oprimidos, a los ciegos..., haciéndolos partícipes de la buena noticia, partícipes de su nueva visión de las cosas, partícipes de la misión de incluir a otros, una vez liberados. Podríamos decir, en nuestro lenguaje actual, que la mirada de Jesús no es para nada una visión «asistencialista» de la fragilidad. El Señor no viene a sanar a los ciegos para que puedan ver las diversiones de este mundo, sino para que vean las maravillas que Dios hace en medio de su pueblo. El Señor no viene a liberar a los oprimidos de sus culpas y de las de las estructuras injustas para que se sientan bien, sino para enviarlos en misión. El Señor no anuncia un año de gracia para que cada uno, sanado del mal, se tome un año sabático, sino para que, con Él en medio de nosotros, vivamos nuestra vida participando activamente en todo lo que hace a nuestra dignidad de hijos del Dios vivo. Todos somos misión, nadie está sin misión.
Querida Madre del Valle que junto a la cruz bebiste con tu Hijo el cáliz amargo del dolor y te convertiste en modelo y fuente de esperanza, te pido para todos nosotros los sacerdotes de tu Hijo *un corazón puro y transparente como una fuente, *magnánimo en el darse y tierno en la compasión, *fiel y generoso que no olvide ningún bien, y que no conserve rencor de ningún mal, *tierno y humilde sin exigir reciprocidad, *dispuesto a anonadarse ante los demás, *grande e indomable, para que ninguna ingratitud lo detenga y ninguna indiferencia lo canse, *un corazón apasionado por la Gloria de Jesucristo y el Bien de los hermanos, cuyos dolores y amarguras desaparezcan recién en el Cielo. Amén
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