Beato Mamerto Esquiú: Homilía de Mons. Urbanc en la Misa Coral de San Pio X
12/05/2026
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Queridos hermanos: En primer lugar, doy una cordial bienvenida a mis hermanos obispos, a los sacerdotes, a las autoridades nacionales, provinciales, municipales y fieles laicos que participan de esta Santa Eucaristía dominical. (Fuente: Prensa Iglesia Catamarca)
Que el Señor Jesús y la Virgen del Valle los prodiguen de bendiciones durante todo este Año Jubilar con el que honramos la ‘gracia’ que la Providencia Divina ha dado a la Argentina y a la Iglesia en la persona del Beato Mamerto Esquiú, obispo.
El gran mensaje de Esperanza que nos da este VI Domingo de Pascua es que no somos ‘abandonados’, no estamos ‘desamparados’: “No los dejaré huérfanos” (Jn 14,18). ¡Qué importante es esta certeza!... Sin embargo, ¡Ojo!... El que Dios sea realidad en nuestra vida depende de cada uno de nosotros y de cómo nos ayudamos los unos a los otros. No podemos ser sustituidos, nadie hará por nosotros lo que nosotros tenemos que hacer. Más aún, no pretendamos ocupar el puesto de Dios. Erigirse en salvador del mundo, es negar al mismo Dios, es ignorar la originalidad de cada hijo de Dios, de su dignidad… Anular el valor de la presencia de los otros y su misión, es mirar sin ver, porque faltaría la confianza, el amor; sería negar la realidad divina en cada ser humano.
Jesús miraba a sus contemporáneos con los ojos de Dios, con amor. Fue enviado por el Padre para darnos a conocer nuestra realidad; Él nos invita y propone a ser lo que somos, o sea, humanos en proceso, en camino, para crecer y alcanzar la unidad; todos fuimos llamados por Dios Padre. Este Padre no nos abandona, sino que confía en nosotros, nos mira con amor, nuestra presencia es importante. Más aún, tener presente a Dios hace nueva nuestra manera de estar, de hacer, de ser, de mirar, de convivir.
Ésta era la convicción del Beato Esquiú, cito: “Yo adoro y creo en el incomprensible misterio de que el Unigénito de Dios haya amado al hombre, a este vil gusanillo de la tierra, con el amor con que Él es amado por el Eterno Padre”… “Jesucristo es Dios y ama como Dios, nos ama con el amor con que le amó su Padre y por esta causa no se contentó con dar la vida por nosotros, sino que quiso estar con nosotros hasta la consumación de los siglos en el Sacramento del Altar”.
La confianza y la presencia del Señor en nuestra vida nos hace capaces, conscientes y responsables de reconocer con libertad, como comunidad y familia de Dios, que se nos llamó a seguir progresando y purificándonos, para estar más cerca de Dios Padre Creador y hacer patente su AMOR en el mundo.
Recordemos al Maestro: “Si me aman, harán lo que les mando” (Jn 14,15); y a su discípulo amado: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20). Quien no ama a los demás no puede amar a Jesús, ni a Dios, ni a sí mismo.
Escuchemos a nuestro Beato Esquiú: “Al decirnos el Señor ‘como me amó mi Padre, así yo los he amado’, no sólo nos da en esas palabras la medida del amor que nos tiene, sino que principalmente quiere enseñarnos la causa y razón de su amor, es decir, que nos ama porque ha recibido de su eterno Padre el mandato de amarnos, porque Él lo ha enviado a salvar al mundo por el amor” … “Ese divino y amantísimo corazón no cesa de clamar con su misma paciencia y mansedumbre finita: como me amó mi Padre así yo los he amado. Permanezcan en mi amor” ... “Cada uno entre en su propio corazón y pregúntese a sí mismo: ¿Qué es lo que debo a un Dios que así me ha amado?”
Desde el Amor y con amor es posible entender lo que estamos celebrando: La Pascua, la Resurrección de Jesucristo. Sale a la luz lo que había caído en la oscuridad.
Jesús fue consecuente con lo que pensaba, sentía, vivía, con respecto al Padre y a nosotros. Dejó de lado su ego, por amor. El amor le plantea el porqué de la vida, el amor no es una exigencia, es la toma de una decisión en la que su Padre y los demás no deben ser ignorados. Y, la entrega, es una puerta abierta a oportunidades, posibilidades, maneras de responder, de hacer, que no limitan, ni estrechan, todo lo contrario, son caminos nuevos de esperanza, horizonte que invita, que pareciendo entrar en la oscuridad, se da el encuentro con la luz. Las exigencias internas del amor son sabiduría y fortaleza.
Cumplir los mandamientos, no es sólo hacer lo que está mandado, sino obrar porque entiendo, pienso, comprendo, concluyo y opto por lo más coherente, veraz, que se vive, se siente, como una exigencia que acepto, la hago mía y busca el bien para todos. Las cosas de Dios se entienden mejor desde y en la realidad de la comunidad.
El Beato Esquiú, afirma: “Apartarse del mal y obrar el bien; este es el deber de todos nosotros, esta es la grande y sagradísima obligación que nos impone el amor de Jesucristo, esta es la condición de nuestra propia felicidad” … “Su amor, es cierto, nos impone el sacrificio de nuestras pasiones, nos exige la renuncia de nosotros mismos, y el seguirlo con la cruz; pero, para alentarnos, Él primero se entregó a la muerte de cruz, por amor a nosotros; Él sostiene nuestra debilidad, Él endulza nuestras penas, ¡Él nos pide que nos unamos a sus dolores con el fin de que seamos partícipes de su gloria y felicidad infinita!”
Pero no somos perfectos y, por tanto, no siempre el resultado será lo que pensábamos o buscábamos… ¿Qué hacer? Aprender y dar gracias: ‘Gracias, Señor, por las oportunidades para aprender, conocer, rectificar y mostrar el amor: ya sea con el perdón, ya sea con la gratitud.
Jesús vino a enseñar, a proponer, no vino a imponer: dio ejemplo.
El Beato Esquiú sostenía, sin claudicaciones ni eufemismos, la necesidad de que el Espíritu del Evangelio debía «informar el espíritu de las instituciones, el aroma de las costumbres, el alma de la existencia y ser el principio regulador de los destinos».
Durante el tiempo de Semana Santa hemos recordado y meditado sobre la reacción de los seguidores del Hijo de Dios a raíz de su muerte en la cruz: abandonan al Maestro… Más la memoria de la comunidad, que los reúne, hace presente al Señor y alcanzan la comprensión de lo vivido con Él. El Espíritu se ha hecho presente, como Jesús lo prometió: “no los dejaré huérfanos, no los abandonaré” (Jn 14,18), y así nos dio el Espíritu de la Verdad. La enseñanza del Espíritu Santo está en continuidad con la de Jesús. Ahora bien, si seguimos viviendo en la ‘tiniebla-muerte’ en vez de en la ‘luz-vida’, eso no es del Espíritu, eso no es la voluntad de Dios, ese no fue el testimonio de Jesús.
Siendo prácticos: la guerra es muerte, tinieblas, negación, deshumanización -sin dudar, es el infierno-; la mentira es oscuridad; el egoísmo es ignorar, negar a los demás… y todo mal nos vuelve ciegos. Todo esto impide y niega la presencia de Dios en nuestra vida. No dejamos que habite en nosotros el Espíritu de la Verdad que nos capacita para experimentar la libertad interior, estar abiertos a recibir, acoger, el Espíritu de Dios, así como a sus criaturas. La realidad de Dios en nuestra vida no anula la individualidad de cada uno, por el contrario, ayuda a respetar la identidad y dignidad de cada persona para que pueda permanecer en Dios. Jesús dijo “El Padre y Yo somos uno” (Jn 10,30). Esta es la meta a la que estamos llamados. La unidad del AMOR.
¡¡¡Beato Mamerto Esquiú!!! ¡¡¡Ruega por nosotros!!!
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