Queridos
hermanos y hermanas:
Me uno con
alegría al Año Jubilar que celebran con ocasión del Bicentenario del nacimiento
del Beato Mamerto Esquiú, religioso franciscano, misionero y obispo durante el
pontificado de mi predecesor León XIII, que dejó una huella luminosa y fecunda
en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo.
Fray Mamerto
de la Ascensión Esquiú supo glorificar a Dios con sus buenas obras y, aún en
medio de tinieblas y dificultades que amenazaban con apagar su brillo, nunca
escondió su luz que gratuitamente había recibido (cf. Mt. 5,14-16). Quisiera,
por medio de estas líneas, que su testimonio de entrega y santidad continúe
brillando entre ustedes y los impulse a ser, como él, lámparas vivas en el hoy
de la historia, sin que nada pueda oscurecer la fe, la esperanza y la caridad
que habita nuestros corazones por obra del Espíritu Santo (cf. Rm 5,5; Ef
3,27).
El Beato
Esquiú nos enseña a vivir la comunión y la misión evangelizadora de manera
concreta, con gestos y obras de bien. Su celo apostólico lo llevo a construir
puentes de diálogo y colaboración no sólo a nivel eclesial, sino también
político y cultural. Con una destacada presencia en el ámbito educativo y
periodístico, fue un ciudadano comprometido con su país, que participó
activamente en momentos claves de la historia argentina, trabajando siempre en
favor de la unidad y el bien común.
Su ejemplo
también nos invita air más allá de las fronteras. Nuestro beato partía de la
contemplación de los misterios del Señor, para luego ofrecerse con caridad y
humildad a los demás. Como religioso misionero, no escatimó en generosidad y
sacrificios a fin de que el Evangelio llegara a los confines de la tierra,
siendo consuelo y cercanía de Dios para los más alejados y necesitados en
Bolivia, Perú y Ecuador. Asimismo, tuvo la oportunidad de peregrinar a Roma y
Tierra Santa. Sus escritos llegan hoy hasta nosotros como un valioso legado que
revela las profundas experiencias de su corazón ardiente e inquieto.
Me gustaría
mencionar, por último, el anhelo de fray Esquiú por la paz, que animó su
incansable labor para instaurarla. A este respecto, decía el Papa Francisco: “A
esos que se ocupan de sembrar paz en todas partes, Jesús les hace una promesa
hermosa: Ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9)” (Exhort. Ap. Gaudete et
exsultate, 88). Queridos hermanos y hermanas, que la llamada a trabajar por la
paz, a la que el beato catamarqueño supo responder en su tiempo y con
determinación y valentía, también resuene hoy con fuerza entre ustedes y se
traduzca en gestos concretos de amor y reconciliación.
Encomendando
este tiempo de gracia a la intercesión de Nuestra Señora del Valle, a quién
fray Esquiú recurría con plena confianza y afecto filial, e implorando su
amparo maternal para ustedes y sus familias, los bendigo de corazón.
Vaticano, 6 de
febrero de 2026.
Papa León XIV












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