Pero, al mismo tiempo, es un triunfo para la humanidad, porque Jesús nos ha abierto el camino hacia el cielo, hacia la vida eterna, ya que en su humanidad incluye a todos los hombres. O sea, gracias a Él, el final de nuestro peregrinar por este mundo está en el cielo, después de atravesar las fronteras de la muerte. Ésta es nuestra Esperanza como cristianos; es lo que esperamos del Señor al fin de nuestra vida terrenal.
Con la Ascensión sucedió algo nuevo y hermoso: Jesús ha llevado nuestra humanidad, nuestra carne al cielo, la ha llevado a Dios. Esa humanidad, que había tomado en la tierra, no se ha quedado aquí. Jesús resucitado tenía su cuerpo humano, la carne, los huesos, todo. Y, así, estará en Dios para siempre. El lugar que nos espera está indicado, nuestro destino está ahí, en el Cielo, en la Trinidad Divina. Por eso, Hoy celebramos “la conquista del cielo”: Jesús que vuelve al Padre, pero con nuestra humanidad. Y así el cielo es ya un poco nuestro. El Verbo Encarnado con nuestra humanidad ya está en el Cielo.
Todo este Misterio lo percibimos por la Fe, que ya nos introduce en la vida eterna prometida, que aguardamos con ‘alegre Esperanza’, con la certeza de ser amados por Dios, lo que nos permite superar la angustia propia de quien camina la vida terrena, afrontándola de un modo positivo y proactivo.
La esperanza cristiana nos da luz propia para caminar hacia la oscuridad del futuro con la certeza de superarla. Y esta luz no viene ni de la realidad social, ni del talante o temperamento optimista; sino del fuego del amor de Dios que arde en el propio corazón. Por eso es una esperanza activa que nos lanza hacia afuera y hacia adelante; nos mueve a la misión con un horizonte universal, como nos pide Jesús en el evangelio de hoy: “Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio”.
Por otro lado, este domingo celebramos la 60° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, cuyo lema es “Custodiar voces y rostros”. En su mensaje, el Papa León XIV nos recuerda que “El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro [...] El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido [...] Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades y los riesgos”. (J. Ratzinger, Mirar a Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor. EDICEP; Valencia 1990. Pág. 76).
Luego de hacer una valiente denuncia de los riesgos que conlleva el uso de la Inteligencia Artificial, sin conciencia ética, propone como desafío para la humanidad una “posible alianza” entre la innovación digital y la custodia de las voces y rostros verdaderamente humanos.
“El desafío que nos espera no es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y ser conscientes de su carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente ser integrados por nosotros como aliados. Esta alianza es posible, pero necesita fundamentarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y educación. En primer lugar, la responsabilidad. Según las funciones, esta puede traducirse en honestidad, transparencia, capacidad de visión, valentía, deber de compartir conocimientos y derecho a estar informado. Pero, en general, nadie puede eludir su responsabilidad ante el futuro que estamos construyendo.
Todos estamos llamados a cooperar. Ningún sector puede afrontar por sí solo el desafío de guiar la innovación digital y la forma de gobernar la IA. Es necesario, por tanto, crear mecanismos de protección. Todas las partes interesadas —desde la industria tecnológica a los legisladores, desde las empresas creativas al mundo académico, desde los artistas a los periodistas y a los educadores— deben implicarse en construir y hacer efectiva una ciudadanía digital consciente y responsable. A esto mira la educación: a aumentar nuestras capacidades personales de reflexión crítica; evaluar la credibilidad de las fuentes y los posibles intereses que están detrás de la selección de información que nos llega; comprender los mecanismos psicológicos que se activan ante ello; a permitir a nuestras familias, comunidades y asociaciones elaborar criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable”. Y concluye su mensaje con un urgente llamado a toda la humanidad: “Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica”.
Querida Madre del Valle, que la Solemnidad de la Ascensión de tu Hijo, como también la de tu Asunción, nos ayuden a mirar hacia arriba, buscando lo bienes del Cielo (cf. Col 3,1-3), para que un día, cuando nuestro breve peregrinar en esta tierra termine, podamos vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad, contigo y todos los santos.
Que nos dispongamos con generosidad a “Ir y a hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a poner en obra todo lo que Jesús nos ha mandado, con la ayuda imprescindible del Espíritu Santo, ya que Dios quiere ser Padre de todos los que acepten vivir como hijos suyos.
Ayúdanos a entregar nuestro corazón completamente a Cristo, para que Él pueda convertirse en nuestra alegría, ya que se nos dio la existencia para convertir a cada uno de nosotros en el santo que Dios ha querido que seamos, poniendo nuestra voluntad en la Suya.
Que podamos ver los rostros y escuchar las voces de nuestros hermanos; que nada ni nadie nos impida verlos y oírlas. Que, dándonos el tiempo para la oración, sepamos descubrir que los otros son un don de Dios para cada uno, de manera que, todos, podamos llegar al Cielo.
Y que, jamás perdamos de vista, que estamos en el mundo, pero que no pertenecemos a él, sino al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.