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Beato Mamerto Esquiú: Homilía de Mons. Mario Cargnello, Te Deum del 9 de julio en el bicentenario del natalicio de Esquiú
10/07/2026 | 8 visitas
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Queridos hermanos: Hace hoy 173 años, subía al púlpito de esta Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle, un joven franciscano, a quien el Señor Gobernador de Catamarca, Pedro José Segura, había confiado la predicación del Sermón que acompañara la jura de la Constitución Nacional por parte del pueblo de la provincia. (Fuente: Prensa Iglesia Catamarca)
La Constitución había sido recientemente promulgada, por parte del pueblo de la provincia. Sólo la docilidad de este joven fraile, de apenas 27 años, al Espíritu Santo, puede explicar que lo que diría en ese púlpito, que hoy encontramos en el templo parroquial de San José, en Piedra Blanca, llegaría a ser una luz que contribuiría a la aceptación por parte del pueblo argentino de su Carta Magna. Agradezco profundamente al Señor Obispo de Catamarca, mi querido hermano, Mons. Luis Urbanč, el haberme concedido el honor de compartir el mensaje de la Palabra de Dios en este Tedeum por el aniversario de la Independencia Nacional, hoy, 9 de julio, con ustedes, queridísimos comprovincianos. Permítanme hacerlo a la luz del sermón de nuestro amado Beato Fray Mamerto Esquiú. Su mensaje resuena en este lugar. También hoy, para nuestra Argentina, a esta patria a la que él llamó ‘República de mi Eterno Amor… Noble patria’, y nos compromete, como si estuviera hablando en este día: “Todos tus hijos te consagramos nuestros sudores, y nuestras manos no descansarán hasta que te veamos en posesión de tus derechos, rebosando orden, vida y prosperidad. Los hombres, las cosas, el tiempo, todo es de la patria”. Su sermón, siguiendo el estilo de su época, tiene un exordio y luego el desarrollo argumental del tema que propone. En el exordio, Beato Fray Mamerto Esquiú contempla admirado la creación entera como reflejo de Dios. Se extasía ante la contemplación de la persona humana y de la humanidad que se organiza en los pueblos. ¡Cuánto manifiesta de Dios un pueblo! Por eso elogia desde su corazón a un pueblo que se pone de pie al aceptar la Constitución. Elogia a nuestro pueblo y quiere ofrecerle las verdades en ese 9 de julio que, 37 años después de aquél de 1816, dice a las Naciones: ¡Heme aquí! Su mirada se deja penetrar por la mirada de Dios, a quien adora y sólo entonces comienza a desarrollar el mensaje. Es desde lo que significa el 9 de julio, que manifiesta su propósito de presentar las verdades que la Palabra de Dios ofrece a la República Argentina para edificar su historia. Por ello hablará del sentido de la libertad, del servicio a la vida y del valor de la Constitución. 1. Con profundo realismo, Esquiú presenta la libertad como un don que nos identifica como personas y que nos compromete como tales y como ciudadanos. Al ser humana, nuestra libertad tiene la fragilidad que nos acompaña desde que el hombre es hombre. La libertad nace desde lo profundo de nuestro yo y, cuando se orienta al “egoísmo individual”, puede destruirnos y destruir a los demás. “¡Oigo el gemido de tus víctimas! ¡El humo de la sangre enrojece el horizonte!”, se lamenta recordando la destrucción que los conflictos de nuestra historia provocaron hasta entonces. La verdadera libertad, que se expresa en la vida de los pueblos, se da cuando “el individuo, el ciudadano, no es absorbido por la sociedad, sino que (aquél) se presenta vestido de dignidad y derechos personales”. Para que esto sea posible es necesario “que los pueblos se aúnen y levanten sobre su cabeza el libro de la ley y vengan todos trayendo el don de sus fuerzas e inmolando una parte de sus libertades individuales, sean capaces de crear una comunidad que rebose vida, fuerza, gloria y prosperidad”. Segundo tema, la vida. Los gobiernos deben respetar, defender y favorecer la vida ejerciendo la política y organizándola al servicio de la misma. Vida y calidad de vida humana para todos. 2. ¡La vida! Los gobiernos deben respetar, defender y favorecer la vida ejerciendo la política y organizándola al servicio de la misma. Vida y calidad de vida humana para todos. El derecho a la vida es el primero y fundamental de los derechos humanos y es de cada persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural. La sociedad y todas las instituciones que la sirven deben respetar ese derecho para ser una sociedad plenamente humana. Un progreso construido sobre la muerte del más débil no es humano, es un edificio construido sobre arena que se convierte en amenaza permanente. 3. La Constitución como expresión del orden que Dios quiere para la humanidad. Se trata de un orden dinámico que requiere gobernantes probos y prudentes, legisladores ponderados y capaces de mirar el horizonte infinito del presente y del futuro, y jueces sabios y justos que garanticen a los pueblos un clima de respeto y tranquilidad. Y requiere de ciudadanos que amándola la descubran como una guía para caminar todos juntos, en espíritu de respeto y fraternidad, hacia un mañana mejor para todas las generaciones “para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo, que quieran habitar el suelo argentino”1. Al contemplar la Constitución que recién nacía, Esquiú pide que se respete su estabilidad. Él habla de “inmovilidad”, pero aclara que eso no niega su dinámica al servicio de personas en las diferentes circunstancias. La estabilidad de la Constitución la convierte en apoyo y motor para el progreso integral de los pueblos. Pide, por último, a todos los ciudadanos y especialmente a los católicos, la sumisión a todas las disposiciones de la Constitución y la obediencia y el respeto a la misma. 4. Y entonces, finalizando, dirá: “Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de los que Dios libre eternamente a la Nación Argentina”. Una vez presentado el elocuente sermón de nuestro comprovinciano que mereció que lo llamen el Crisóstomo de la Argentina, o que lo compararan con Bossuet y los mejores oradores de Francia, es necesario preguntarnos: ¿Qué puede decirnos a nosotros hoy? De aquel 9 de julio de 1853 dijo: “Este día me parece semejante al día memorable de los israelitas, cuando después de setenta años de cautividad, saludaban por primera vez su patria desierta, cubierta de ruinas y rodeada de enemigos: postrados, bañaron de lágrimas su querido suelo y, levantándose, se apresuraron a edificar sus hogares, alzar el templo y defender con altas murallas el sagrado recinto de la ciudad”. El muy querido Papa León, en su primera encíclica nos dijo “Nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo2… ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección queremos elegir como comunidad humana y como pueblo?”3. El Papa evoca dos imágenes bíblicas para ayudarnos en el discernimiento: la primera es la de la construcción de la torre de Babel (cfr. Gen 11,1-9) y la segunda es la de la reconstrucción de los muros de Jerusalén (Neh 2,6) -ésta es la evocada por Esquiú-. Hablando de Babel, el Papa afirma: “Los seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar deciden construir una ciudad y una torre cuya cúspide llega hasta el cielo. Quieren asegurarse estabilidad y poder y, sobre todo, ‘perpetuarse un nombre’. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, el resultado no es la unidad, sino la dispersión”4. El proyecto de la reconstrucción de Jerusalén es narrado por el libro de Nehemías. Se trata de un momento de vulnerabilidad. Después de 48 años de exilio en Babilonia en el año 587 a.C., comienza el regreso de los judíos a Jerusalén. Deben pasar otros 18 años para que nuevos contingentes de israelitas regresen. Se encuentran con Jerusalén en ruinas. Nehemías es un judío laico que recibe la noticia del estado desastroso de la ciudad de sus padres. ¿Qué hace? Y dice el Papa León: “Antes de actuar, ayuna, reza, intercede por su pueblo. Luego, pide permiso al rey para regresar a Jerusalén y, una vez allí, examina en silencio los lugares destruidos. No impone solucione desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina esfuerzos y hace frente a las oposiciones... La ciudad renace a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo… Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos antes que las piedras…. Jerusalén recupera un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión”5. Hay que elegir. ¿Qué ciudad queremos construir? Elijamos el camino de Nehemías para enfrentar, en esta hora de la humanidad y de nuestra patria, el desafío de edificar una nación abierta a todos. Se trata de edificar una sociedad centrada en el bien común, razón de ser de la vida social. El Papa León nos ofrece cuatro orientaciones para avanzar en la construcción del bien común de los pueblos. Porque el bien común no es obra sólo del gobernante, es tarea de todos. La primera orientación dice edificar sobre la roca de la relación con Dios. Él “ha inscrito en nuestro corazón un deseo de felicidad que abraza todas las dimensiones de la vida”6 y la Iglesia, en diálogo con todos los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, siente la urgencia de recordar el histórico llamado que el Papa Juan Pablo II proclamó el 22 de octubre de 1978 en su primera homilía: «No teman abrir las puertas a Cristo. ¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!”. Y afirma con el Papa Benedicto XVI: “No tengan miedo a Cristo. Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él recibe el ciento por uno”7. No pensamos en una nueva cristiandad, no. Pensamos en una sociedad que vive la verdad, que busca la justicia, que cultiva la fraternidad y la paz. Segunda orientación es: Edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”8. Si nos creemos perfectos, si buscamos la perfección por caminos engañosos corriendo una competencia adictiva, alimentamos la desigualdad entre los hombres y los pueblos. “La verdadera realización no nace de la eliminación de nuestras fragilidades, sino de un crecimiento armonioso, allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos”9. Se trata de aceptar a nuestro pueblo como es y colaborar para que todos crezcamos armónicamente hacia un progreso compartido en beneficio del crecimiento integral de cada persona y el bien de toda la comunidad. ¡Felices seremos si nuestros dirigentes aspiran a crecer como verdaderos estadistas que miran el futuro con clarividencia y magnanimidad superando la tentación de dejarse atrapar por una desmedida ambición de poder que enceguece y convierte la vida política en un campo de batalla y no en un espacio de diálogo en busca del bien común! ¡Felices seremos si nosotros, ciudadanos de a pie, transitamos la vida con responsabilidad y sentido solidario siendo agradecidos con nuestro pasado y con nuestro presente, con capacidad de reconciliación, de escucha y de solidaridad, superando ideologías que limitan la mirada como anteojeras que nos enceguecen! ¡Venzamos la tentación maniquea de dividir la comunidad entre buenos y malos ubicándonos siempre en el estrado de los perfectos! El sufrimiento de nuestros hermanos que padecen necesidad debe interpelarnos para dar respuestas que nos comprometan y no para buscar culpables sin ofrecer solución alguna. ¡Nuestros niños, nuestros ancianos, nuestros pobres nos están llamando! La tercera orientación es: “edificar un mundo en que todos puedan florecer exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo y nuestro pueblo, y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución”10. Como sucedió en la reconstrucción de Jerusalén, a cada uno de nosotros nos corresponde un tramo de la muralla. Gobernantes y ciudadanos, empresarios y trabajadores, legisladores, educadores, profesionales y obreros, movimientos populares, parroquias y movimientos religiosos, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, todos debemos preguntarnos: ¿Qué puedo hacer para aportar a un mundo más humano? ¿Qué puedo ofrecer a mi patria? “Ésta es la lógica de la subsidiariedad que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre… culturas, como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz”11. Es necesario aceptar las diferencias y respetarnos como personas. Es necesario luchar contra uno mismo para vencer toda tentación de corrupción y de violencia, para poder edificar un mundo más humano. La cuarta orientación es: edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Dice el Papa: “Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. Debemos ser capaces de ofrecernos criterios de discernimiento. ¿Cuáles son éstos? La dignidad de la persona humana. Esquiú lo expresaba: “Que el individuo, el ciudadano… se presente vestido de su dignidad y derechos personales”12, “el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la casa común, la paz”13. Y que estos criterios se traduzcan en prácticas: que haya una planificación responsable, que se evalúe el impacto humano y social de la misma, que se incluya a los más frágiles, que se apoye la alfabetización digital en esta hora de la inteligencia artificial, que todo se oriente hacia la justicia y la paz. Y tengamos en cuenta que “el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa”14. Concluyendo, hermanos, Esquiú aparece, siguiendo este intento de releer su célebre Sermón de la Constitución, como un heraldo de la paz. También en nuestro tiempo nos duelen los enfrentamientos que son alimentados por palabras y actitudes que intentan crear un abismo entre los argentinos. Por eso, frente a esto, su palabra adquiere actualidad. El vicepresidente de la Nación, Dr. Salvador María del Carril, reconoció el valor de su sermón y ordenó la publicación del mismo por Decreto Nacional. De este modo, a la difusión de la palabra de Esquiú favoreció la aceptación de la Constitución y que contribuyó a la paz de nuestra Patria. Hoy, aquí, escuchamos su voz y como una provincia privilegiada en su historia por su espíritu de convivencia y respeto, resuena su voz. Sintámonos interpelados y procuremos ser, también nosotros, artesanos de paz. Que Nuestra Señora del Valle, madre y pacificadora, nos proteja y anime. Amén.
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