También resaltó que “este hombre religioso es un hombre culto, por ende, civilizado y sujeto a la ley. Una suerte de ecuación magistral: obediente (faceta religiosa) porque culto (cívico, en el sentido griego y romano); culto porque obediente. Estas palabras nos recuerdan a su gran discurso sobre la Constitución. Pero, gracias a que se fue cultivando, abrevando de las fuentes de la sabiduría y cultura universales, en un terruño tan pequeño -como lo fue la Catamarca de hace 200 años atrás-, este humilde Beato se deslumbró ante el universo que se presentó delante de sí”.
Asimismo, apuntó que “su espíritu se cautivó ante el poderoso sentido que lo abstrajo ante el Misterio. No por lo oscuro y carente de ciencia, si no que, por su acrecentada intuición, supo dejarse atraer por la luz de la Sabiduría divina. Ya que la oscuridad teñía las calles anarquizadas y controvertidas, las cuales tuvo que atravesar: tanto en su vida pública, como en su búsqueda de la perfección espiritual. Pero «el pueblo que andaba en tinieblas ha visto una gran luz» (Is 9, 2)”.