Virgen del Valle: Homilía de Mons. Urbanc en la Misa Solemne

20/04/2026
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Queridos devotos y peregrinos: Nos hemos congregado para honrar a nuestra Madre del Valle y, antes que nada, quiero dar una cordial bienvenida a mi hermano, obispo, Virginio Bressaneli, emérito de la diócesis de Neuquén. A los jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que peregrinaron y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle para que los ayude en su recuperación. (Fuente: Prensa Iglesia Catamarca)

Al p. Arildo, provincial de los padres dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del septenario. Y a todos los que desde distintos puntos de la patria se acercaron para honrar a la Madre Celestial.
Este septenario lo hemos vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle.
Lo escuchemos hablar entre nosotros con las siguientes frases:
“Busquemos la gracia de JESÚS, pero busquémosla por medio de MARÍA, saludándola con el Ángel: LLENA ERES DE GRACIA”.
“Yo afirmo solamente que ella os acaricia como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no siempre son prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y pequeñez”.
“Nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no deja de ser con nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh, Virgen Inmaculada, ¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!”
En el Calvario (Jn 19, 25-27), Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al decir "Mujer, ahí tienes a tu hijo" y al discípulo "Ahí tienes a tu madre", María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente, inaugurando una nueva familia basada en la fe.
A diferencia de otros discípulos que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar del inmenso dolor. Es la "mujer" del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a toda la humanidad, representada en el "discípulo amado". María es madre de los redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la Madre de Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores.
"Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19,27). Esta frase nos invita a nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra familia y en nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el lugar de un nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe hacia Él con amor materno.
Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús, les confió a Aquélla que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.
La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz.
Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María. Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2,35) le profetizó el anciano Simeón. Pero ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica y ahora en su Iglesia diseminada por toda la tierra.
Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel: “Hágase” - “Fiat” (Lc 1,38). A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquélla única inocente, a la que no cargaba sus pecados. Ella nos enseña la fortaleza con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de participar de la redención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.
Sí, queridos hermanos, a esta Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo. Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el Resucitado.
Y ahora me dirijo a Ti, Madre del Valle, con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo dilecto, el Beato Mamerto Esquiú:
“Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo; multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos glorifique en la eterna. Amén”.
¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!! ¡¡¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!!!



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