Editorial: Revolucionar

26/05/2026
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Hoy, cada 25 de mayo, volvemos la mirada hacia aquel 1810 que marcó el inicio de lo que hoy somos como nación. Nos ajustamos al calendario para recordar ese momento en que comenzó a despertar el deseo de ser un país libre, independiente, sin ataduras a una corona lejana que decidía sobre la vida de esta tierra y de su gente. (Por Guillermo Alejandro Bordón)

La Revolución de Mayo significó mucho más que un cambio político. Fue el nacimiento de una nueva manera de pensar. El solo hecho de imaginar que podíamos tener nuestras propias leyes, que podíamos decidir nuestro destino y elegir cómo queríamos ser gobernados, fue un paso gigantesco para aquella sociedad. Sabemos también que aquel 25 de mayo fue el puntapié inicial que nos condujo al 9 de julio de 1816, cuando finalmente nos declaramos independientes. Pero, a pesar de tantos hombres y mujeres que dieron su vida por la patria, hay algo que todavía no hemos podido superar: nuestras guerras internas. Existe aún una herida abierta dentro de nuestra historia como país. Una espina que sigue lastimando nuestro presente y que debemos aprender a sacar para poder sanar de verdad. Tal vez hoy tengamos que preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para revolucionar la Argentina. Qué hacemos para transformar nuestra forma de vivir, para salir de la pobreza, de la división y de la desesperanza, en una tierra inmensamente rica y capaz de dar frutos. Y quizá para hacer una verdadera revolución haya que empezar por la desobediencia. Pero no una desobediencia vacía, sino la desobediencia a todo aquello que nos destruye como sociedad. Desobedecer la corrupción. Desobedecer el egoísmo. Desobedecer la indiferencia frente al dolor ajeno. Desobedecer toda conducta que degrade la vida y perjudique a otros. Muchas veces creemos ser superiores, pero apenas alcanzamos el primer escalón ya dejamos de crecer, porque pensamos que para subir hay que hacerlo solos. Y entonces resuena aquella frase del Papa Francisco: “nadie se salva solo”. Hoy la patria necesita otra revolución. Una revolución del pensamiento, del corazón y de las acciones. Porque quizás la primera independencia que debamos conquistar sea la interior: cambiar nuestra manera de pensar, recuperar los valores y volver a comprender que una nación solo crece cuando aprende a caminar unida.



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