Y de este último sector se escucha que este
gobierno deshace de forma violenta los grandes logros de su gestión. Y cuando
se pretende hacer otro tipo de análisis de la realidad; se llega a la
conclusión que al parecer hay una ceguera para observar la realidad. Todos
tienen un tinte mesiánico en sus discursos y cargados de violencia, aunque
ahora jueguen a ser moderados.
Mientras la sociedad sigue empujando la pesada roca
como en el Mito de Sísifo, hay un sector social y político que busca sostener
esta realidad para que el caos siga siendo el núcleo de la vida política del
país. La peor desgracia en que no se dan cuenta que así como en el Mito de Sísifo existe
como metáfora el esfuerzo inútil e incesante del hombre en la
existencia, otro sector de la sociedad ven como absurdo el discurso de una
democracia cuando nunca tuvo una solución concreta a sus problemas. Más que
soluciones les crearon más problemas, aunque estas vinieran disfrazadas de soluciones.
Y creo que cuando se mira como absurdo la existencia, estamos frente a una
sociedad que se siente muerta.
Aunque
la estructura del poder pretenda que sólo existen dos extremos la Iglesia hoy
tiene la oportunidad de ser nuevamente alternativa para la gente que busca
esperanza. Pero para encontrar la esperanza debe buscar la verdad, justicia y paz.
Y esta paz no sólo se refiere a la ausencia de guerra. León XIV cuando se
reunió con el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede expresó lo siguiente: “En la
perspectiva cristiana - como también en la de otras experiencias religiosas -
la paz es ante todo un don, el primer don de Cristo: ‘Les doy mi paz’. Pero es
un don activo, apasionante -recalcó- que nos afecta y compromete a cada uno de
nosotros, independientemente de la procedencia cultural y de la pertenencia
religiosa, y que exige en primer lugar un trabajo sobre uno mismo. La paz se
construye en el corazón y a partir del corazón, arrancando el orgullo y las
reivindicaciones, y midiendo el lenguaje, porque también se puede herir y matar
con las palabras, no sólo con las armas”.
Es preciso recordar las palabras del Papa León XIV
cuando salió a saludar post Cónclave: “Hay que tender puentes”. Hoy la política
no lo hace. La Iglesia debe hacerlo y encarar la realidad de este país para que
todas las acciones humanas sea la de tender puentes. Hay que buscar y dejarse
encontrar con la paz para que cuando accionemos seamos hombres de paz.