El recordado, y no bien valorado, Papa Francisco, en la bula de convocatoria «La Esperanza no defrauda», nos comprometía a una conversión personal y comunitaria profunda, centrada en el perdón, único camino para la reconciliación y la recomposición de las historias, rompiendo con la prisa del mundo moderno, para mirar a largo plazo, y enfocándonos en la esperanza frente a la adversidad, la paz, el cuidado de la creación, la apertura generosa y responsable de la vida, y la solidaridad con los más necesitados (pobres, enfermos, migrantes), viviendo la fe como camino de peregrinación hacia Dios.
Hoy nos tenemos que preguntar qué hicimos, cuánto cambiamos en nuestro modo de vivir, cómo queremos seguir peregrinando y, sobre todo, si hemos tomado conciencia y nos hemos convencido de que Jesucristo es el Señor de la Vida y de la historia, único fundamento de una esperanza cierta, que nos sitúa en el más allá de la precariedad y volatilidad de la vida terrena, que se nos dio como ‘don y tarea’, pero no como morada definitiva.
La tradición litúrgica reserva este primer domingo después de Navidad a la Sagrada Familia de Nazaret. El tiempo de Nazaret es un tiempo de silencio, con una carga muy peculiar de intimidad profunda. Es ahí donde Jesús madura como hombre, su personalidad psicológica se cincela en las tradiciones de su pueblo, y allí irá internalizando el proyecto que un día consumará. Nazaret, hoy y siempre, será una sorpresa, porque es una llamada eterna a escuchar la voz de Dios y a responder como lo hicieron José y María, y así se lo enseñaron a Jesús. Ellos le hablaron de Dios y le enseñaron a ir a la sinagoga, a leer la Escritura, en particular los profetas por los que quedaría fascinado y a orar con los salmos. El Hijo de Dios que vino a salvarnos, tuvo en Nazaret una familia como nosotros, y que la Providencia Divina nos la deja como Modelo a seguir.
La Liturgia de este domingo nos deja bien en claro que la Familia Cristiana debe ser un reflejo del Amor Divino, ya que fue creada para ser la primera escuela de las virtudes sociales que la humanidad necesita.
La primera lectura, tomada del Eclesiástico (3,2-6.12-14), afirma que es un tesoro tener un padre y una madre, porque sin padre y sin madre no se puede existir. Dios es representando plenamente en la conjunción padre-madre. Por eso Dios, a pesar de que lo confesamos como Omnipotente y Poderoso, dispuso que su Hijo se encarnase, se acercase a nosotros siendo hijo de una madre y que tuviera un padre. La familia está formada por unos padres y unos hijos y nadie está en el mundo sin ese proceso. No tenemos otra manera de venir al mundo, de crecer, de madurar, y ello forma parte del misterio de la creación de Dios. Por eso el misterio de ser padres no puede quedar reducido solamente a lo biológico. Eso es lo más fácil, y, no pocas veces irracional y mundano. Ser padres, porque se tienen hijos, es un misterio de vida que los creyentes sabemos, está en las manos de Dios.
1. La Familia como "Iglesia Doméstica"
La familia cristiana no es simplemente una unidad social o biológica; es una realidad espiritual. A menudo se la llama la "Iglesia doméstica" porque es en el hogar donde la fe se vive, se transmite y se pone a prueba diariamente. Es el primer lugar donde aprendemos quién es Dios, no a través de grandes teologías, sino a través del amor de nuestros padres, el perdón entre hermanos y la oración compartida.
En un mundo tan dominado por el individualismo, la familia cristiana se erige como un testimonio de comunidad. Nos recuerda que hemos sido creados para la relación, reflejando la naturaleza misma de Dios, que es comunión: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
2. El Fundamento del Amor: Efesios y Colosenses
El apóstol Pablo nos ofrece una visión radical de la familia. No se basa en el dominio, sino en el servicio mutuo:
• El matrimonio: Es comparado con la relación entre Cristo y la Iglesia. Implica un amor sacrificial, donde cada uno busca el bien del otro por encima del propio.
• La educación: No se trata de imponer reglas arbitrarias, sino de formar a los hijos con la "disciplina e instrucción del Señor", comprendiendo sus corazones y guiándolos con paciencia.
3. Desafíos en el Mundo Moderno
Hoy en día, la familia cristiana navega por aguas turbulentas. El ritmo frenético de la vida, la intrusión de la tecnología en la mesa familiar y la relatividad de los valores morales presentan desafíos constantes. Sin embargo, es precisamente en esta oscuridad donde la luz de la familia cristiana brilla más. Cuando una familia decide:
• Perdonarse en lugar de guardar rencor.
• Comer juntos y conversar en lugar de aislarse en pantallas.
• Orar juntos en medio de la dificultad.
• Servir al vecino necesitado.
…están realizando un acto contracultural de fe. Están declarando que el amor de Dios es más fuerte que las tendencias del mundo.
4. Pilares para Fortalecer el Hogar
Para que una familia se mantenga firme, necesita cultivar ciertos hábitos espirituales:
1. La Oración Conjunta: Ya bendiciendo los alimentos, ya leyendo la Biblia antes de dormir o en otros momentos, ya participando juntos de la Misa dominical. Jesús ha prometido estar en medio de los que se reúnen en su nombre a orar. Hagan que Él sea el centro del hogar.
2. El Perdón Rápido: En la convivencia diaria, las ofensas son inevitables. Como familia cristiana sean constantes en el perdón mutuo, así recordarán cuánto nos ha perdonado Dios a nosotros.
3. La Hospitalidad: Un hogar cristiano no debe tener las puertas cerradas. Debe ser un lugar de refugio, alegría y acogida para amigos, familiares y necesitados.
En fin, La familia cristiana no es una familia perfecta; es una familia en proceso de redención. Es un grupo de personas imperfectas que confían en un Dios perfecto. Su misión es simple pero profunda: hacer visible el amor invisible de Dios y preparar a las futuras generaciones para caminar en la verdad, en el amor y en la luz.
Por eso, te pedimos Madre del Valle, que nuestros hogares sean faros de esperanza, donde cualquiera que entre pueda decir: "Aquí se respira el amor de Dios, aquí vive Dios, aquí hay paz".
Además, te pido que nos ayudes a sostener los propósitos de cambio que nos hemos hecho a lo largo del Año Jubilar. Que, de verdad, podamos cumplir con Jesús, y así hacer presente el Reino de Dios.
Por último, ayúdanos Madre a preparar nuestros corazones para vivir el año jubilar por el Bicentenario del nacimiento de nuestro querido beato y comprovinciano, Mamerto Esquiú, obispo. Así sea.