Nuestra vida no se puede concebir sin la fe que hemos recibido de Dios por medio de la Iglesia. Muchos siguen pensando que es algo sólo personal, que se trata de una relación individual con Dios, por medio de unas ciertas prácticas piadosas ocasionales, ‘a la carta’, y, para los que se consideran más auténticos, en el cumplimiento de ciertas normas y expresadas en oraciones a ese Dios, que habló por medio de su Hijo, Jesucristo. En realidad, sólo les gustaría que la Iglesia se refiriera a ‘las cosas del Cielo’, pero que no se inmiscuya en iluminar y guiar la vida del hombre mientras peregrina por este mundo”.
Si han prestado atención a la primera lectura, constatarán que los primeros cristianos lo entendieron muy bien (Hch 2,42-47). En una especie de visión panorámica, el texto de san Lucas narra cómo la fe en Jesucristo resucitado y la recepción del Espíritu Santo, nos incorpora a una comunidad cristiana, a la Iglesia. Una Iglesia que no se reduce únicamente al Papa, los Cardenales, Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, misioneros y catequistas, sino que está formada por todos los bautizados, que tienen formas diversas de vida, pero con muchas cosas en común, como hemos oído. Sin duda la idea de compartir todo nos habla de un ideal al que debemos tender, ya que, si todos somos hermanos, por ser hijos de Dios, que no le falte nada a nadie en nuestras comunidades. No es que no valoraran los bienes de este mundo, sino que optaron por renunciar a todo uso egoísta de lo que tenían. El ideal cristiano no es la indigencia, sino un mundo en el que ‘nadie padezca necesidad’ (cf. Hch 4,34). Quien cree que Jesús ha resucitado, no se somete a la esclavitud del poseer. El desapego de los bienes de este mundo sigue siendo una condición indispensable para quien cree en el Resucitado. Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad de ponerse a sí mismo al servicio de los hermanos”.
Y continuó: “Compartir la Eucaristía y la oración es la base para que una comunidad sea signo de que en el mundo está presente y actúa Jesús resucitado. Juntos podemos ser recordatorio para los demás de que se puede vivir de otra manera”.
En otra parte de su predicación, expresó que “la Palabra de Dios nos invita a perseverar en las dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos, como el oro en el crisol. Esta fe nuestra, que tiene por objeto a Jesucristo a quien amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede toda la alegría que experimentamos en este tiempo pascual”.
“De las dificultades para creer nos habla con claridad el texto del Evangelio de Juan (Jn 20,19-31) que ha sido proclamado. A todos los Apóstoles les costó creer. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre”, manifestó.
Más adelante se dirigió a la Virgen María diciendo: “Madre amorosa, tú que viviste la fe más pura y firme, acepta nuestra súplica y alcánzanos de tu Hijo Jesús resucitado una fe fuerte y madura, de modo que, cuando las dudas nos asalten y la esperanza se debilite, nos recuerdes que nada es imposible para Dios. Que tengamos la certeza que caminas con nosotros, cuando todo se vuelve oscuro y amenazador. Ayúdanos a creer con el corazón, a juzgar todas las cosas según la voluntad divina y a nunca desesperar”.
“Te rogamos, querida Virgen del Valle, que tengamos un vivo horror al pecado y la gracia de vivir y morir en la fe más viva, en la esperanza más firme y en la caridad más ardiente y generosa”, concluyó.
En el momento de la oración común a Dios Padre, los alumbrantes pidieron por la Iglesia, por los gobernantes de Argentina y el mundo, por los que sufren, por los comunicadores sociales que están atravesando alguna enfermedad y por los difuntos.
Luego de la Comunión, el Obispo invitó a los presentes a consagrarse a Nuestra Madre del Valle e impartió la bendición final.