Veamos… Frente a ese templo magnífico, que presume riqueza por todos lados, lleva una existencia precaria esa otra comunidad, que puede que no tenga siquiera templo y que, además, subsiste a, duras penas, el día a día. ¿Podríamos decir que todo se distribuye según lo que cada uno necesita? ¿No será más bien la situación que S. Pablo enrostra a los Corintios que, celebrando la Cena del Señor, unos están ebrios, mientras otros pasan hambre? (1Cor 11,20-21).
Creo que ésta es la situación de la Iglesia de hoy. Muchos hermanos, bautizados o no, pasan mucha necesidad, mientras otros hermanos gastan ingentes fortunas en boato, lujo y despilfarro. ¿Tiene algún sentido vestir o coronar de oro y riqueza a imágenes, que no tienen frío, al lado de un indigente que no tiene ropa para abrigarse? ¿Tiene esto algún sentido cristiano?... “El Señor reina vestido de majestad”, dice el salmista (Sal 92,1), pero, cómo lo vivimos en la Semana Santa: su vestido fue la desnudez total, su cetro, unos clavos en sus manos; su corona, espinas, y su trono, una cruz. Ése es el lujoso uniforme de nuestro Rey.
Ahora bien, ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Jesús nos dice, a través de Nicodemo, que tenemos que nacer de nuevo. Ciertamente parece complicado, pero si distinguimos el nacimiento carnal del nacimiento espiritual, empezaremos a entender lo que Jesús nos quiere decir. Desde luego no nos dice que tengamos que volver al seno materno, para nacer de nuevo físicamente, sino nacer del Espíritu. En verdad nos cuesta entenderlo porque “hablamos de lo que sabemos y testificamos de lo que hemos visto”. Y eso no lo hemos experimentado.
Nos toca “nacer del Espíritu” y, como en su momento, Nicodemo, nos preguntamos cómo puede ser eso, cuando las palabras de Jesús no nos ayudan demasiado, ya que al hablarnos de las cosas de la tierra parece que nos cuesta creerle y, si nos habla de las celestiales, la oscuridad es total. Solamente con un ejercicio de fe absoluta, podemos fiarnos de las palabras de Jesús y tratar de entender lo que nos dice. Es claro que nadie ha subido al cielo y bajado después, salvo el mismo Jesús. Los humanos estamos en una oscuridad total. Puede que estudiemos muchas teologías, que hablemos largo y tendido de los misterios de Dios, pero no dejarán de ser palabras, puras teorías sin apoyo empírico. Seguramente terminaremos diciendo, como Santo Tomás, que “todo lo que hemos pensado sobre Dios, es pura paja”, porque la realidad de Dios queda fuera de las posibilidades de nuestras pobres y limitadas mentes.
Termina Jesús dándonos un preanuncio de su muerte: el Hijo del Hombre tiene que ser elevado, como hizo Moisés con la serpiente de bronce, para que, si nuestra fe sabe mirarlo y verlo, podamos aspirar a la vida eterna.
Ése es nuestro sentido, nuestra orientación vital. La fe es nuestra única luz; sólo mediante ella podremos decir con convicción: “Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios y solo tú puedes dármelo a conocer y salvarme”, “porque la santidad es el adorno de tu casa” (Sal 92,5).
Ahora bien, ¿qué ofrece Jesús Resucitado al ámbito de la salud?
Sin duda, un mensaje de esperanza integral, afirmando que el dolor y la muerte no tienen la última palabra. Propone una sanidad que trascienda lo físico para incluir lo espiritual, viendo en cada proceso curativo un "renacer de la carne" y un “encuentro con la Vida”.
La Resurrección es el remedio contra toda desesperanza y toda tristeza, asegurando que la fragilidad humana puede ser transformada por el poder de Dios. Revaloriza el cuerpo humano; la salud no es sólo ausencia de enfermedad, sino la dignificación de la persona. Las llagas del Resucitado se convierten en sello de su amor y cercanía con los enfermos. Muestra que el modelo terapéutico del Resucitado implica proximidad, mirada y tacto (humanización de la asistencia), superando los procesos puramente burocráticos o diagnósticos. Evidencia que el mandato del Resucitado no se limita a curaciones milagrosas, sino que insta a la promoción de la salud integral y a la compañía de los más frágiles y abandonados. Proclama que Jesús está vivo, y, por eso, es la salud de los enfermos y la promesa de una victoria final sobre el dolor y la enfermedad. E invita a los profesionales de la salud a trabajar con compasión, reconociendo que cada acto de cuidado puede traer esperanza y nueva vida a los débiles, ancianos y enfermos.
Amada Virgen del Valle, Salud de los Enfermos, que acompañaste a Jesús en el camino del Calvario y permaneciste junto a la Cruz, acoge nuestros sufrimientos y únelos a los de tu Hijo.
Madre misericordiosa, te pedimos por todos los enfermos: alivia sus dolores, renueva sus fuerzas y, si es la santa voluntad de Dios, que les devuelva la salud completa. Pon tus manos maternales sobre sus heridas, cuerpo y alma, y concédeles esperanza.
Te rogamos especialmente por los médicos, enfermeros, paramédicos y todo el personal sanitario. Sé su guía en la oscuridad y consuelo en la aflicción. Ilumina sus mentes para que sean instrumentos de tu amor, dales sabiduría para curar y fortaleza para cuidar de los más frágiles.
¡Madre de los Enfermos, ruega por ellos y por nosotros! Amén.
¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!! ¡¡¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!!!