El evangelio que escuchamos (Lc 24,13-35) corresponde a una de las apariciones del Resucitado más largamente narrada y por eso la más usada en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía del relato exige una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Es como si fuera la descripción de una Eucaristía en un proceso dinámico: primeramente, los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a 2 escenas principales introducidas por la misma expresión: 1) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); 2) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos ven que Lucas indica los momentos esenciales de la liturgia: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística.
La primera parte es en el camino. Desde la nostalgia solamente no es posible abrirse a la resurrección. No es la nostalgia la forma y manera de adentrarse en el anuncio pascual de que “el crucificado vive”. Mientras iban de camino, el Resucitado, les sale al encuentro sin que puedan reconocerlo. Sabemos que Lucas es un verdadero catequista del camino. Así entiende toda la vida de Jesús, y muy especialmente en su decisión irrevocable de ir a Jerusalén (Lc 9,51-19,24). Y enseña, a su vez, que el discipulado cristiano es un camino que se ha de recorrer con Jesús; no es un discipulado de tipo intelectual. Se aprende viviendo, caminando. Jesús toma su iniciativa: se hace un peregrino, un itinerante con ellos, que vienen de Jerusalén descreídos, desesperados y desencantados, porque ni siquiera han tomado en consideración lo que algunas mujeres ya decían. Y Él, sin que se lo pidan, hace el camino con ellos y les explica las Escrituras, porque ya no pueden vivir sin Él, sin su palabra de consuelo y de vida.
Pero, éstos, como buenos orientales, han dado hospitalidad a este peregrino desconocido que les ha interpretado las palabras de los profetas sobre la muerte y la resurrección de Jesús. Eso fue lo que tuvieron que hacer los primeros cristianos para explicarse y vivir espiritualmente la muerte y la resurrección de Jesús. Y entonces, en la casa, símbolo de una comunidad eucarística, Él, que aparecía como un hombre de paso, se constituye en el anfitrión de aquella celebración y lo «reconocen» en un gesto como el que pudo hacer en la noche de la última cena; podemos entender que parte el pan y lo reparte y beben de la copa. Así se cumple, pues, el sentido de las palabras de Jesús, en la tradición de Lucas y Pablo: "hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19c; 1Cor 11,24c). Lucas nos quiere enseñar que, aunque ellos como nosotros, no pudimos vivir con Jesús, ni conocerlo, sin embargo, en la Eucaristía es posible tener esta experiencia de vida. La Eucaristía, como memorial de la Muerte y la Resurrección de Cristo, es un misterio de liberación, que no se percibe con los ojos físicos, sino con los ojos de la fe, como lo da a entender el versículo final “y se decían el uno al otro: ¿no ardía nuestro corazón cuando por el camino nos hablaba y explicaba las Escrituras?”
¡Qué oportuno que las parejas cristianas se vean reflejadas en estos discípulos de Emaús, que sólo pueden recuperar el sentido de la vida, si permiten a Jesús caminar con ellos, escucharlo y pedirle que les ilumine sus vidas y su relación conyugal!
Querida Virgen del Valle, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo: escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos, ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado. Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.
Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a todas las familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de sus hijos.
Esperanza nuestra, mira con compasión a las familias y guíalas continuamente a Jesús y, si caen, ayúdalas a levantarse, a volver a él, mediante la confesión de sus culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma y a fortalecerse con la Eucaristía.
Así, Madre de las Familias, con la paz de Dios en la conciencia, con sus corazones libres de mal y de odios, podrán llevar a todos la verdadera alegría y la paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!! ¡¡¡Viva EL Beato Mamerto Esquiú!!!