Ciertamente, este hombre ha sido un peregrino de la esperanza y un hacedor de unidad. "Peregrino de la esperanza", le calza justito este piropo. Juan Pablo II nos definía como el Homo Viator, el hombre que camina, y afirmaba que la esperanza es la virtud del hombre que camina. Y Fray Mamerto Esquiú fue claramente eso, peregrino por los caminos de este mundo: Catamarca, Tarija, Perú, Ecuador, Tierra Santa, Roma, Córdoba.
Esquiú murió como vivió, en camino, volviendo de La Rioja. Peregrino de los caminos de este mundo, y peregrino de ese otro camino, ciertamente más hondo, más sinuoso, que es el camino del corazón. Un corazón, el del Beato, que tenía claro hacia dónde ir: "el corazón del sabio" -dirá- está en la casa del duelo, en la casa de los que lloran". Allí hay que estar presentes, hacia allí hay que rumbear, donde los pobres. Decía el Padre Arrupe: "Allí donde hay más dolor, allí está siempre nuestro sitio". Y Fray Mamerto Esquiú tenía esto bien clarito.
Su pastoreo no se limitó a las grandes catedrales. Como nos relatan las crónicas, su casa era la casa de los pobres. Atendía personalmente a los indigentes, compartiendo con ellos no solo el pan material, sino el consuelo espiritual. Incluso en los últimos momentos, tras un viaje de servicio a La Rioja, falleció en la humilde posta de El Suncho, rodeado de gente sencilla. Esquiú nos enseña que el verdadero pastor camina con su pueblo, se ensucia los pies en el barro de la historia y nunca pierde de vista el rostro de Cristo en el necesitado.
Por la tarde -se cuenta- cuando era Obispo allá en mis pagos, solía salir a la calle para visitar alguna comunidad y sentarse en el confesonario o hablar con la gente o los curas. Iba a pie, nunca en carruaje, y si se dirigía a un punto distante, tomaba un tranvía sentándose al lado de un niño o de un obrero con los que hablaba con tono familiar. A menudo, el primer patio de la casa, y parte de la calle, estaban ocupados por una multitud de pobres que iban a pedir limosna, y el Obispo salía a repartirla en persona; pero como eran tantos los pobres, a menudo se quedaba sin dinero para darles. Entonces mandaba a buscar pan, que él mismo repartía, procurando que nadie se fuera con las manos vacías. Esta limosna colectiva le absorbía horas enteras.
Es linda aquella anécdota de un extranjero que estaba de paso y preguntó qué había en esta ciudad que merecía ser conocido. Le contestaron: "Si usted llega a conocer al Obispo, conocerá lo mejor que tiene esta ciudad". Y al preguntar dónde vivía el Obispo, le respondieron: "Recorra las calles, y aquella casa en la que vea entrar o salir una multitud de pobres y necesitados, ésa es la casa del Obispo". El extranjero así lo hizo y después comentó: "La opinión más elevada acerca de aquel hombre apostólico, resulta pequeña para lo que mis ojos han visto".
Esquiú, conocedor de su propio corazón, tenía claro cuáles eran los sitios seductores, tramposos, hacia donde no debía rumbear, sino que huía de la fama y el reconocimiento del mundo deseando entregarse a Dios viviendo su consagración de manera oculta y sencilla.
Por eso mismo, en mayo de 1862, solicitó a sus Superiores ser trasladado a un lugar donde no lo conocieran. De este modo, se radicó en Tarija (Bolivia) para vivir en el seno de una comunidad de observancia conventual. Esta decisión respondía a la búsqueda de una vida oculta, alejado de toda fama, aunque implicara alejarse de su querida tierra natal y de sus familiares. "Mis pasiones humanas -dirá-, mi orgullo y mi sensibilidad hacen que esto sea algo difícil, que implica sufrir y enfrentar muchos cambios, batallas, tristezas y consuelos, recuerdos, deseos y esperanzas que se agolpan en un espíritu como el mío".
Por otro lado, sus andanzas apostólicas e interiores no lo distrajeron, no lograron que se desentienda de los caminos de nuestra patria; y al modo de San Pablo, que exhortaba a comportarse de una manera digna, con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, soportándose mutuamente por amor y tratando de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.
El Beato pedía al pueblo argentino abandonar los oscuros caminos de la división, respetando firmemente las leyes indicadas por la Constitución Nacional, y en palabras de inmensa actualidad afirmaba:
“Destruimos la monarquía, fuimos republicanos, bien sea unitarios o federales; tuvimos anarquía, gobiernos de un año, de dos años, triunviratos, dictaduras, oligarquías. Como pueblo fuimos reclamando soberanía, pero cada uno se hizo enemigo de los demás. Que el cumplimiento de la Constitución sea un ancla firme a la que esté agarrada esta nave que ha tropezado en todos los escollos, que se ha estrellado en todas las costas y la han golpeado todos los vientos y todas las corrientes”. La verdad que uno escucha las palabras del Beato y dice: ‘Éstas las escribió ayer’. Y agregaba: “¡Basta de palabras que no han salvado a la Patria!”.
Y por aquello tan cierto de que el hombre propone, pero es Dios quien dispone, Esquiú supo de contrastes, de opuestos, de cambios de rumbo, de recorrer caminos inesperados, muy distintos a los que él había dibujado en su mapa.
Deseando profundamente la soledad y la quietud, el Señor lo llamará a moverse: “Me gusta la soledad y una vida retirada, sin embargo, mientras tenga fuerzas -dirá-, me verán siempre inquieto de una parte a otra, solícito del bien de todos, procurando hacerme todo para todos, obligado a amaros como una madre ama a su hijo, aún más obligado a dar mi vida por vosotros”.
Y en otro momento de su vida, siendo un andariego, tendrá que aceptar estarse en el sitio donde el Señor le pedirá su servicio: “Fuera de esta Diócesis hay lugares y personas que me son queridos, sin embargo, no habiendo causa gravísima, no me verán poniendo el pie fuera de ella, porque Jesús me ha constituido siervo vuestro”.
Si bien es cierto que cada uno de nosotros recorre un camino que es personal y es único, que como dice nuestro Atahualpa: ‘Nace un hombre, nace un camino’, eso no es impedimento para asomarnos a los senderos recorridos por estos hombres y mujeres de Dios, y encontrar allí claves que iluminen nuestra humilde peregrinación.
En esta hora de la Iglesia se experimenta como urgencia afinar la mirada para contemplar la realidad y agudizar el oído para escuchar al Espíritu que no deja de gemir en los clamores, en las complejidades de la historia, en los rostros y en las heridas de los más pobres.
Una urgencia de salir, de sacudirse, desacomodarse, abandonar los estados de confort y parálisis en los que tantos creyentes a veces estamos atrincherados. Justo ahora, en este momento crucial, en este cambio de época en el cual la Iglesia ve en juego su futuro, el Papa Francisco, y hoy día el Papa León, insiste en que el camino es la opción misionera.
El Papa Francisco lo manifestó en Evangelii Gaudium, y León en sus escritos también, especialmente el referido al servicio a los pobres: “La iglesia en salida es una Iglesia con las puertas abiertas”.
Creemos en un Dios en salida que se acerca a todos los que sufren, que es buena noticia y esperanza para todos. Un Dios que nos empuja a que no nos quedemos cómodos con lo nuestro, con lo ya logrado, con nuestras obras. Un Dios que sale a buscar, un Dios “en expansión”, no un Dios en repliegue.
No podemos esperar a que llamen a nuestra puerta, es urgente que vayamos nosotros a encontrarlos en sus casas, en los hospitales y en las residencias asistenciales, en las calles y en los rincones oscuros donde a veces se esconden, en los centros de refugio y acogida. Es importante entender cómo se sienten, qué perciben, qué deseos tienen en el corazón.
Hagamos nuestras las apremiantes palabras de don Primo Mazzolari: “Quisiera pedirles que no me pregunten si hay pobres, quiénes son y cuántos son. Nunca he contado los pobres, porque no se pueden contar, a los pobres no se los cuenta, se los abraza” (“Adesso” n. 7 – 15de abril de 1949).
Y unido a esto, quizás aquellas palabras, que describen bien a Esquiú, de Tolentino Mendonca: “La humanidad que hay en nosotros necesita ser abrazada siempre, pero con mucha más razón cuando está herida, cuando siente como si estuviera leprosa, disminuida, sofocada por la exclusión y el estigma, hecha añicos y sin saber cómo rehacerse, aislada como una isla de dolor… Con nuestra simple y fraterna presencia podemos decir: ‘Aquí estoy’, ‘no estás solo’”.
Queridas hermanas y hermanos, la memoria de Fray Mamerto Esquiú, cuya fiesta celebramos hoy, no es solo un recuerdo del pasado, es un desafío para nuestro presente. Él nos invita a ser ciudadanos responsables y cristianos coherentes, hacedores de unidad, de esperanza.
Pidamos al Padre Bueno, por intercesión del Beato Mamerto, que nos dé un corazón como el suyo, sensible ante el dolor del hermano, valiente para defender la verdad y humilde para reconocer que todo lo bueno que hay en nosotros procede de Dios. Que su ejemplo nos guíe para construir una Nación más fraterna y una Iglesia más entregada.
Que nuestra Madre, a la que llamamos Madre del Camino, y el peregrino de esperanza Beato Fray Mamerto nos ayuden. De modo especial, desde aquí, nos ponemos bajo la mirada de Nuestra Señora del Valle, la Morenita, aquella de quien decía el poeta: “Tenía la mirada más linda que los ojos”. Nos ponemos bajo su mirada. Que así sea.
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