A continuación se refirió a la figura del Beato Esquiú, quien aceptó con humildad no celebrar la Misa hasta cumplir los 23 años, porque había sido ordenado a los 22. “Mamerto aceptó esta disposición con una obediencia heroica y un respeto imponente por el misterio del altar”, expresó. Después indicó: “Para él, tocar el Cuerpo de Cristo, no era un oficio rutinario; era un milagro que exigía una preparación del corazón que duraba toda la vida”. Y más adelante aseveró: “Pasaba horas frente al Sagrario. De esa oración silenciosa extraía la mansedumbre para responder a los insultos de sus detractores y la firmeza para defender la justicia, la fe cristiana y a los más pobres. Cuando asumió como Obispo de Córdoba en 1881, una de sus mayores preocupaciones fue el cuidado espiritual de su clero. En sus pláticas y escritos, les insistía con vehemencia que priorizaran la Eucaristía diaria como alimento para la tarea pastoral. Sabía que un sacerdote que no se alimenta del Pan de Vida y que no pasa tiempo adorándolo, cae fácilmente en la tibieza, el desánimo y en la tentación”.
Después de otras reflexiones acerca de la devoción del Beato a la Eucaristía, elevó una oración a la Madre: “Santísima Virgen del Valle, que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos transformen en lo que recibimos, para que el mundo, al vernos, pueda saborear un poco del amor de Dios. Que seamos pan para los que sufren, los olvidados y los que están solos. Que nos haga artesanos de paz y unidad. Que nos ayude a reconocer a Jesús en el rostro de los pobres, débiles y marginados. Que, al recibir su Santísimo Cuerpo de tu amado Hijo divino, seamos sus manos que curan y abrazan, pies que se dirigen a todos los sufrientes y corazón lleno de ternura y misericordia, que ama sin poner condiciones ni preferencias”.
Los cantos litúrgicos estuvieron a cargo del Coro de la Catedral, dirigido por el profesor Exequiel Andrada.
Adoración y Procesión
Luego de la Comunión, el Obispo junto con los sacerdotes y los fieles presentes se arrodillaron delante del Santísimo Sacramento para adorarlo, y seguidamente se inició la procesión más importante del año acompañando a Jesús, verdaderamente presente en la Sagrada Eucaristía.
Bajo una leve llovizna, los fieles caminaron junto a la Custodia con Jesús sacramentado que fue llevada en andas por los sacerdotes, alrededor de la plaza 25 de Mayo. En las cuatro esquinas del principal paseo público de la ciudad se levantaron los monumentos donde se colocó la Custodia con el Santísimo, que fueron preparados por el Movimiento Neocatecumenal, el Movimiento Familiar Cristiano, la Pastoral de la Niñez y la Pastoral de Juventud. Durante el recorrido se elevaron súplicas y canciones.
Cuando arribó al atrio de la Catedral Basílica, las campanas echaron a vuelo mientras el Santísimo Sacramento era colocado en el altar. Tras la bendición con la Custodia en alto, se cerró esta verdadera manifestación pública de fe en Jesús Eucaristía.