El Beato Mamerto Esquiú tenía horror a caer en ese tipo de orgullo, por eso tenía siempre presente la manera de ser de Jesús, cuya personalidad fue siempre clara, escueta, llena de la más honda responsabilidad, sin egoísmo, sin vanidad, totalmente concentrada en lo esencial.
En efecto, la humildad es una virtud que sobrepasa el ser cristiano y se inscribe hondamente en sentir más profundo del ser humano. Es una virtud que, por ser profundamente cristiana, es profundamente humana. De hecho un hombre como Nelson Mandela pudo decir que la base de la vida consiste en “La honradez, la sinceridad, la sencillez, la humildad, la generosidad sin esperar nada a cambio, la falta de vanidad, la buena disposición para ayudar al prójimo, cualidades muy al alcance de todo ser, “
Es que, si uno, en efecto, se entrega realmente cada día a la vida, a los demás, a Dios, a un cierto punto… la entrega de sí mismo se vivirá y se expresará con sencillez y discreción, felicidad y naturalidad, sin ninguna presunción, de santidad o heroísmo. Sino simplemente, …como la propia verdad.
Todos los que conocieron al Beato Mamerto Esquiú han resaltado que “Una característica fundamental del Servidor de Dios Mamerto Esquiú es su incansable lucha contra el orgullo, y por ende el ejercicio constante de la más evangélica humildad...”. y a esta virtud agregaban su carácter abierto, leal, discreto, mesurado, lleno de mansedumbre.
Todo hace pensar que Esquiú tomó muy en serio las palabras del Señor, cuando dijo: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29)
Por eso, en el marco de los festejos por los doscientos años del nacimiento del Beato Esquiú, damos gracias al inmenso aporte que hizo por la unidad de la Nación Argentina, con humildad, sin presunción, sabiendo apartarse de todo lo que lo alejara de la fidelidad a su vocación de religioso franciscano y sacerdote de la Iglesia.
Que el Señor, por su intercesión, nos bendiga.
Gracias.
fr. Emilio L. Andrada OFM
Ministro Provincial