Más acá en el tiempo pensaba en las “tormentas de nuestra época”, a
menudo vemos que ni bien arrancamos el día nos llegan estímulos de todos lados.
Una noticia, un aumento, una discusión, una imagen violenta, una preocupación
económica, sacudones de todo tipo. En el transcurrir del día llega el resto, a
veces hay noticias o situaciones que generan comentarios, preguntas,
respuestas, acusaciones, agravios en más de una oportunidad. Las redes
sociales, nos envuelven en un mar de cuestionamientos. Pienso, humildemente, que
en algún momento debemos preguntarnos: ¿en qué momento nos acostumbramos tanto
a este ruido?
Las tormentas actuales
Vivimos en una sociedad cansada. No solamente por las dificultades
concretas que atraviesan muchas familias, sino también por el permanente estado
de tensión en el que parece haberse convertido nuestra convivencia como
sociedad Todo provoca una reacción, todo tiene que ser inmediato. Necesitamos
encontrar un culpable. Y muchas veces terminamos mirando tanto la tormenta y el
mar de la sociedad que olvidamos que hay otras personas en la misma barca.
El Evangelio nos acerca un pasaje de como los discípulos atraviesan
una tormenta, están en una barca, en medio de un mar agitado. Jesús aparece
caminando sobre las aguas y Pedro, impulsado por esa mezcla tan humana de
confianza y valentía, se anima a salir de la barca, a salir de su seguridad
para el ir al encuentro, y no cualquier encuentro, sino a encontrarse con
Jesús. Al principio camina, después mira el viento, le entra miedo y empieza a
hundirse. Hay algo profundamente humano en esa escena. Pedro no se hunde
solamente porque existe una tormenta. Se hunde cuando la tormenta ocupa toda su
mirada y su corazón. Se hunde cuando deja de ver a quien lo está llamando. Se
desestabiliza cuando parece que ese mal momento lo envuelve, lo atrapa y lo
consume.
Quizás algo parecido nos esté pasando personalmente, nos sentimos
hundirnos, perdernos, ahogarnos, pero a su vez, al ser miembros de la sociedad,
vamos reflejando nuestra vida en nuestros ambientes ya que nuestra comunidad se
nutre de cada uno de nuestras vivencias, conductas y acciones. Tenemos
problemas reales, dificultades económicas, desigualdades, inseguridad, familias
que viven con angustia, jóvenes que no encuentran un lugar donde proyectar su
futuro y personas mayores que sienten que el mundo que conocieron se está
alejando demasiado rápido y no “encuentran “lugar en esto que hoy existe. Pero
una cosa es reconocer los problemas y otra muy distinta es vivir
permanentemente mirando la oscuridad de la tormenta. Cuando toda nuestra
atención queda atrapada por aquello que nos amenaza, terminamos perdiendo la
capacidad de mirar al otro. Y cuando dejamos de mirar al otro, la sociedad
empieza a romperse desde adentro. Entonces el que piensa diferente deja de ser
un vecino y se convierte en enemigo. El que tiene menos se convierte en una
molestia. El que tiene más se convierte automáticamente en sospechoso o incluso
en el enemigo generador de muchos males. El que se equivoca queda condenado
para siempre. Y hasta las diferencias más pequeñas terminan convirtiéndose en
trincheras. Mientras tanto, seguimos todos en la misma barca. Tal vez uno de
los grandes desafíos de nuestro tiempo sea recuperar esa conciencia sencilla:
el otro también está atravesando la tormenta ¡y lo está haciendo al lado mío!.
Aprendamos que discute conmigo también puede estar cansado. El que piensa
distinto también puede tener miedo. El que responde mal quizás esté llevando
una preocupación que yo desconozco. Incluso aquel con quien jamás estaría de
acuerdo sigue siendo una persona, con una historia que no conozco y con heridas
que probablemente tampoco puedo ver. Esto no significa negar las diferencias ni
abandonar las convicciones. Una sociedad necesita ideas, debates, decisiones y
también desacuerdos. Pero ninguna diferencia debería quitarnos la capacidad de
reconocernos como seres humanos. Pero hay otra escena relacionada con esto.
Dios habla en la suavidad
El profeta Elías busca a Dios y espera encontrarlo en las grandes
manifestaciones: en el viento fuerte, en el terremoto, en el fuego. Pero Dios
no estaba allí. Finalmente aparece en una brisa suave. Quizás también nosotros
estamos esperando que las grandes soluciones lleguen
siempre haciendo mucho ruido y nos impacten. Es probable que nos
hayamos acostumbrado a las declaraciones grandilocuentes, a las promesas
enormes, a las respuestas contundentes y a las discusiones que parecen
necesitar cada vez más volumen. Sin embargo, algunas de las cosas que
verdaderamente pueden comenzar a sanar una sociedad se comiencen a gestar en
silencio y se manifiesten en pequeños gestos, concretos y al alcance de todos.
Un padre que escucha a su hijo o un vecino que vuelve a saludar, el compartir
lo que se puede, el agradecer. Gestos pequeños, no grandilocuentes, pero si
grandiosos en su profundidad y dimensión.
Extender la mano
Mis queridos hermanos, la transformación de una sociedad no siempre
comienza con grandes discursos. A veces empieza con gestos tan pequeños que
nadie los publica porque hay una gran diferencia entre vivir juntos y convivir.
Vivir juntos es compartir un territorio en cambio convivir es reconocer que la
vida del otro también me importa. Y quizá ese sea uno de los mensajes más
actuales de aquel hombre que, en medio del mar agitado, de la tormenta
ensordecedora extendió su mano hacia Pedro. ¡Que sencillo y gran gesto!
Extender la mano. Tal vez nosotros también necesitemos aprender a hacer algo
parecido puesto que no podemos detener todos los vientos. No podemos resolver
de un día para otro las dificultades de nuestra sociedad ni borrar mágicamente
nuestras diferencias. Pero sí podemos decidir si vamos a seguir alimentando la
tormenta o si, en medio de ella, vamos a empezar a tendernos las manos. Eso es
construir desde las diferencias, reconociendo éstas como una riqueza en el bien
común. Porque la esperanza no consiste en esperar que desaparezcan todas las
tormentas sino en aprender a mirarnos nuevamente mientras las atravesamos. Y
tal vez, cuando volvamos a mirar al otro y no solamente al viento, descubramos
que seguimos estando en la misma barca y que podemos llegar juntos a la orilla
y que para hacernos fuertes en la tormenta debemos ir al encuentro de Jesús,
incluso saliendo de nuestras seguridades ¡Hasta el próximo encuentro!








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