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Editorial: Aprender a pasar la tormenta
09/08/2026 | 55 visitas
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¡Buenas! ¿cómo están queridos hermanos? Cuando era chico me contaban que mi abuela “cortaba” las tormentas haciendo una cruz en un árbol con un hacha. También lo hacían las personas mayores de aquellos tiempos, tal vez en su sabiduría de antaño se relacionaba la tormenta con la cruz, pero en cierta manera una cruz salvadora ante el peligro que nos acecha. (Por Roberto Pedraza. Diácono de la Arquidiócesis de Resistencia, Chaco)

Más acá en el tiempo pensaba en las “tormentas de nuestra época”, a menudo vemos que ni bien arrancamos el día nos llegan estímulos de todos lados. Una noticia, un aumento, una discusión, una imagen violenta, una preocupación económica, sacudones de todo tipo. En el transcurrir del día llega el resto, a veces hay noticias o situaciones que generan comentarios, preguntas, respuestas, acusaciones, agravios en más de una oportunidad. Las redes sociales, nos envuelven en un mar de cuestionamientos. Pienso, humildemente, que en algún momento debemos preguntarnos: ¿en qué momento nos acostumbramos tanto a este ruido?

Las tormentas actuales

Vivimos en una sociedad cansada. No solamente por las dificultades concretas que atraviesan muchas familias, sino también por el permanente estado de tensión en el que parece haberse convertido nuestra convivencia como sociedad Todo provoca una reacción, todo tiene que ser inmediato. Necesitamos encontrar un culpable. Y muchas veces terminamos mirando tanto la tormenta y el mar de la sociedad que olvidamos que hay otras personas en la misma barca.

El Evangelio nos acerca un pasaje de como los discípulos atraviesan una tormenta, están en una barca, en medio de un mar agitado. Jesús aparece caminando sobre las aguas y Pedro, impulsado por esa mezcla tan humana de confianza y valentía, se anima a salir de la barca, a salir de su seguridad para el ir al encuentro, y no cualquier encuentro, sino a encontrarse con Jesús. Al principio camina, después mira el viento, le entra miedo y empieza a hundirse. Hay algo profundamente humano en esa escena. Pedro no se hunde solamente porque existe una tormenta. Se hunde cuando la tormenta ocupa toda su mirada y su corazón. Se hunde cuando deja de ver a quien lo está llamando. Se desestabiliza cuando parece que ese mal momento lo envuelve, lo atrapa y lo consume.

Quizás algo parecido nos esté pasando personalmente, nos sentimos hundirnos, perdernos, ahogarnos, pero a su vez, al ser miembros de la sociedad, vamos reflejando nuestra vida en nuestros ambientes ya que nuestra comunidad se nutre de cada uno de nuestras vivencias, conductas y acciones. Tenemos problemas reales, dificultades económicas, desigualdades, inseguridad, familias que viven con angustia, jóvenes que no encuentran un lugar donde proyectar su futuro y personas mayores que sienten que el mundo que conocieron se está alejando demasiado rápido y no “encuentran “lugar en esto que hoy existe. Pero una cosa es reconocer los problemas y otra muy distinta es vivir permanentemente mirando la oscuridad de la tormenta. Cuando toda nuestra atención queda atrapada por aquello que nos amenaza, terminamos perdiendo la capacidad de mirar al otro. Y cuando dejamos de mirar al otro, la sociedad empieza a romperse desde adentro. Entonces el que piensa diferente deja de ser un vecino y se convierte en enemigo. El que tiene menos se convierte en una molestia. El que tiene más se convierte automáticamente en sospechoso o incluso en el enemigo generador de muchos males. El que se equivoca queda condenado para siempre. Y hasta las diferencias más pequeñas terminan convirtiéndose en trincheras. Mientras tanto, seguimos todos en la misma barca. Tal vez uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea recuperar esa conciencia sencilla: el otro también está atravesando la tormenta ¡y lo está haciendo al lado mío!. Aprendamos que discute conmigo también puede estar cansado. El que piensa distinto también puede tener miedo. El que responde mal quizás esté llevando una preocupación que yo desconozco. Incluso aquel con quien jamás estaría de acuerdo sigue siendo una persona, con una historia que no conozco y con heridas que probablemente tampoco puedo ver. Esto no significa negar las diferencias ni abandonar las convicciones. Una sociedad necesita ideas, debates, decisiones y también desacuerdos. Pero ninguna diferencia debería quitarnos la capacidad de reconocernos como seres humanos. Pero hay otra escena relacionada con esto.

Dios habla en la suavidad

El profeta Elías busca a Dios y espera encontrarlo en las grandes manifestaciones: en el viento fuerte, en el terremoto, en el fuego. Pero Dios no estaba allí. Finalmente aparece en una brisa suave. Quizás también nosotros estamos esperando que las grandes soluciones lleguen

siempre haciendo mucho ruido y nos impacten. Es probable que nos hayamos acostumbrado a las declaraciones grandilocuentes, a las promesas enormes, a las respuestas contundentes y a las discusiones que parecen necesitar cada vez más volumen. Sin embargo, algunas de las cosas que verdaderamente pueden comenzar a sanar una sociedad se comiencen a gestar en silencio y se manifiesten en pequeños gestos, concretos y al alcance de todos. Un padre que escucha a su hijo o un vecino que vuelve a saludar, el compartir lo que se puede, el agradecer. Gestos pequeños, no grandilocuentes, pero si grandiosos en su profundidad y dimensión.

Extender la mano

Mis queridos hermanos, la transformación de una sociedad no siempre comienza con grandes discursos. A veces empieza con gestos tan pequeños que nadie los publica porque hay una gran diferencia entre vivir juntos y convivir. Vivir juntos es compartir un territorio en cambio convivir es reconocer que la vida del otro también me importa. Y quizá ese sea uno de los mensajes más actuales de aquel hombre que, en medio del mar agitado, de la tormenta ensordecedora extendió su mano hacia Pedro. ¡Que sencillo y gran gesto! Extender la mano. Tal vez nosotros también necesitemos aprender a hacer algo parecido puesto que no podemos detener todos los vientos. No podemos resolver de un día para otro las dificultades de nuestra sociedad ni borrar mágicamente nuestras diferencias. Pero sí podemos decidir si vamos a seguir alimentando la tormenta o si, en medio de ella, vamos a empezar a tendernos las manos. Eso es construir desde las diferencias, reconociendo éstas como una riqueza en el bien común. Porque la esperanza no consiste en esperar que desaparezcan todas las tormentas sino en aprender a mirarnos nuevamente mientras las atravesamos. Y tal vez, cuando volvamos a mirar al otro y no solamente al viento, descubramos que seguimos estando en la misma barca y que podemos llegar juntos a la orilla y que para hacernos fuertes en la tormenta debemos ir al encuentro de Jesús, incluso saliendo de nuestras seguridades ¡Hasta el próximo encuentro!

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