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Editorial: Las fronteras que llevamos dentro
16/08/2026 | 25 visitas
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En los pueblos “chicos” suelen haber referencias geográficas que muchas veces se transforman en fronteras o límites sociales. Bueno, a veces en las ciudades grandes también suele ocurrir. “Del otro lado de las vías”, “Los de atrás del cementerio”, “Pasando la avenida…” etc. Formas prácticas, casuales que quedan en el tiempo de fijar ciertas porciones de territorio pero que también los relacionamos con sus habitantes. (Por Diácono Roberto Pedraza)
Fronteras que no están en los mapas
Hay fronteras que aparecen en los mapas y que, de una manera u otra, mal que mal como decimos por acá, todos aprendemos a reconocer. Tienen nombres, puestos de control, caminos que terminan y otros que comienzan; algunas están marcadas por una línea sobre un papel, mientras que otras están determinadas por un río, una montaña o un alambrado que nos recuerda que, a partir de allí, comienza otro territorio. Pero existen otras fronteras, mucho más difíciles de reconocer y, quizás por eso mismo, bastante más peligrosas. Son aquellas que vamos levantando entre nosotros casi sin darnos cuenta, con una palabra que lastima, una mirada que juzga, un prejuicio que damos por cierto o simplemente con la decisión de mantener a determinada persona a una distancia prudencial de nuestra vida. No necesitan aduanas ni documentos para existir. A veces alcanza un apellido, el lugar donde alguien vive, la manera en que habla, el trabajo que tiene, el dinero que gana o incluso la forma en que piensa para que decidamos, consciente o inconscientemente, que esa persona pertenece a otro lado. Y quizás lo más preocupante sea que muchas veces construimos esas fronteras mientras creemos estar simplemente defendiendo nuestra manera de vivir.

Una mujer que no acepta quedar afuera
Un pasaje evangélico de San Mateo nos presenta a una mujer que llega hasta Jesús pidiendo ayuda para su hija. Es una mujer cananea, extranjera, perteneciente a un pueblo diferente y, por lo tanto, alguien que no forma parte del círculo de quienes acompañan a Jesús. No ocupa un lugar privilegiado ni parece tener razones para pensar que será escuchada, pero tiene algo que finalmente se vuelve más fuerte que todas las barreras que la rodean: no deja de confiar. Insiste, pide, espera y permanece, y finalmente Jesús reconoce en ella una fe grande. La escena puede incomodarnos un poco, porque nos obliga a preguntarnos cuántas veces nosotros mismos decidimos quién merece acercarse y quién debería quedarse afuera, aunque no lo hagamos de manera explícita y hasta podamos convencernos de que nuestras razones son perfectamente justificadas. La mujer podría haber elegido irse nomas, pudo haber pensado que Jesús estaba demasiado lejos de su mundo como para escucharla, pero permanece allí porque detrás de su insistencia hay algo mucho más profundo que una simple petición: hay una madre que está sufriendo por su hija y que no está dispuesta a abandonar la esperanza. Hay un corazón que ama y ese amor se manifiesta en la insistencia y en la espera. En nuestra actualidad sabemos de que muchas veces hay que insistir y esperar para conseguir un turno, recorrer donde no nos cobren un plus o nos cobren menos. Es casi seguro que conocemos personas que han tenido que insistir una y otra vez para ser escuchadas. Personas que golpearon puertas que parecían cerradas, familias que buscaron una oportunidad, jóvenes que entregaron currículum tras currículum sin obtener respuesta, personas que llegaron desde otros lugares intentando construir una vida nueva y hombres y mujeres que, después de haberse equivocado, necesitaron que alguien les permitiera comenzar otra vez.

Cuando la diferencia se convierte en muro
Vivimos tiempos en los que las fronteras se han multiplicado. Está la frontera entre quienes tienen y quienes no tienen, entre quienes nacieron en un determinado lugar y quienes llegaron después, entre quienes pudieron estudiar y quienes tuvieron que abandonar sus estudios para trabajar, entre quienes consiguieron salir adelante y quienes todavía están tratando de encontrar una oportunidad. También existe la frontera entre quienes piensan de una manera y quienes piensan de otra, una frontera que en los últimos tiempos parece haberse vuelto especialmente difícil de atravesar porque hemos aprendido a mirar al que piensa diferente no simplemente como alguien que tiene otra opinión, sino como alguien que amenaza aquello que nosotros consideramos verdadero. Y están, además, las fronteras más íntimas, esas que aparecen dentro de las familias, entre vecinos, entre amigos y hasta entre personas que alguna vez compartieron una misma historia, pero que después de una discusión, una diferencia o una herida terminaron comportándose como si nunca hubieran tenido nada en común. Es curioso que vivamos en una época en la que podemos comunicarnos en segundos con alguien que está a miles de kilómetros y, sin embargo, podamos pasar semanas sin hablar con la persona que vive en la casa de al lado. Podemos conocer inmediatamente lo que ocurre en cualquier parte del mundo y, al mismo tiempo, ignorar por completo lo que le está sucediendo a quien tenemos sentado frente a nosotros en la mesa. Quizás una de las grandes paradojas de nuestro tiempo sea precisamente esa: tenemos más medios que nunca para acercarnos y, sin embargo, encontramos cada vez más razones para alejarnos.

La sociedad que queremos construir
 La sociedad suele ser bastante generosa con quienes ya están adentro. El verdadero desafío aparece cuando llega alguien que todavía está afuera y necesita que alguien le haga un lugar. Es entonces cuando descubrimos de qué están hechas realmente nuestras comunidades. Tal vez deberíamos preguntarnos qué significa esto en nuestros propios hogares, en nuestros barrios, en nuestras instituciones y también en nuestras comunidades. ¿Son espacios donde las personas pueden entrar y sentirse recibidas, o lugares donde permanentemente estamos decidiendo quién pertenece y quién no? No se trata de negar las diferencias. Una sociedad no necesita que todos pensemos igual, ni tampoco necesita borrar sus normas, sus costumbres o su identidad para poder recibir al otro. Una comunidad puede tener una identidad fuerte y, al mismo tiempo, ser capaz de abrir sus puertas. El problema aparece cuando utilizamos nuestra identidad como una muralla y comenzamos a pensar que, para que alguien pueda acercarse, primero tiene que demostrar que merece estar con nosotros. Podemos tener convicciones firmes sin convertirlas en armas. Podemos defender aquello en lo que creemos sin despreciar al que cree de otra manera. Podemos sentir orgullo por nuestra historia sin considerar inferior la historia del otro y podemos querer profundamente nuestra tierra sin cerrar la puerta a quien llega buscando un lugar donde vivir. Quizás la verdadera fortaleza de una comunidad no se mida por la altura de los muros que es capaz de levantar, sino por la cantidad de personas que puede recibir sin perder aquello que la hace ser ella misma.

Detrás de cada frontera hay una persona
Hay algo más que llama la atención en aquella mujer del Evangelio: no llega presentando credenciales ni intenta demostrar que merece ser escuchada. Llega con una necesidad concreta, con el dolor de una madre que ve sufrir a su hija y con la esperanza de encontrar una respuesta. Tal vez deberíamos recordar esto cada vez que miramos al otro desde lejos. Detrás de muchas etiquetas hay una persona; detrás del que pide hay una historia; detrás del que llega hay un camino recorrido; detrás del que piensa diferente puede haber un miedo que desconocemos y detrás de aquel que hoy nos incomoda puede existir una herida que nunca llegaremos a conocer. Y detrás de quien hoy necesita nuestra ayuda, aunque no queramos pensarlo demasiado, quizás mañana podamos estar nosotros. La semana pasada hablábamos de una barca en medio de la tormenta. Hoy podríamos decir que aquella barca también necesita puertas, porque no alcanza con atravesar juntos las dificultades si seguimos dejando gente afuera. Una sociedad comienza a sanar cuando deja de preguntarse solamente quién tiene razón y empieza también a preguntarse quién está quedando afuera, quién dejó de ser escuchado, quién se acostumbró a no ser tenido en cuenta y quién, después de haber golpeado varias veces una puerta, decidió finalmente dejar de hacerlo. Quizás esa sea una de las preguntas más incómodas y, al mismo tiempo, más necesarias de nuestro tiempo. Porque las fronteras más peligrosas no siempre están en los límites de un país. A veces están en nuestra propia mirada, en la manera en que clasificamos a las personas antes de conocerlas y en la facilidad con la que convertimos una diferencia en una distancia.

Una puerta que se abre
Tal vez también nosotros tengamos alguna frontera que revisar. Quizás sea una persona a la que dejamos afuera, un vecino al que ya no saludamos, un familiar con quien dejamos de hablar, alguien a quien juzgamos demasiado rápido o incluso una persona que llegó desde lejos y todavía está tratando de descubrir dónde puede sentirse en casa. Quizás el primer paso para derribar una frontera no sea construir un puente enorme ni hacer grandes declaraciones sobre la fraternidad. Quizás alcance con algo mucho más sencillo: una palabra dicha a tiempo, una escucha sincera, un saludo que habíamos dejado de ofrecer, una puerta que se abre o una oportunidad que decidimos conceder. Porque a veces una sociedad comienza a cambiar cuando alguien decide que, del otro lado de la frontera, ya no hay un extraño, sino una persona y que cada vez que rezamos el Padrenuestro lo reconocemos hermano. ¡Hasta la próxima!
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