Parece que este país no ha aprendido ni siquiera de su propia historia. Siguen emulando «la memoria, la verdad y la justicia» y, sin embargo, se actúa al revés de lo que se pregona. Lo lamentable es que el virus de la violencia, en todas sus acepciones, es contagioso. Hay una epidemia del odio que se origina en la base de la estructura más importante de una sociedad: el Estado. (Por Guillermo Alejandro Bordón)
Vamos a centrarnos en el Congreso de la Nación, en
donde el pueblo deposita, a través de sus representantes, la confianza para que
legislen por el bienestar de todos. Los últimos debates que se han visto en los
noticieros y redes sociales han demostrado que no están actuando en favor de la
gente. Insultos, interrupciones, tribunas de militantes hostigando y gestos
maliciosos, entre otros, no son realmente esperanzadores. Nada bueno puede
salir de la violencia institucional. El Congreso ya no es tan «sagrado»; ya no
es mirado como el espacio en donde los políticos, desde sus diferencias, abren
el diálogo para llegar a un punto en común. No entienden cuál es el rol que
deben cumplir.
Lo peor de todo es que no hay nadie que marque la
diferencia. Hasta el momento, no se ha escuchado un discurso sincero que llame
a la cordura.
El papa Francisco sostenía que «el amor es
político, es social y para todos. Cuando falta esta universalidad del amor, la
política cae, se enferma o se hace mala». Cuán acertado es este pensamiento. El
contenido del discurso político actual se centra únicamente en la
desestabilización porque, a decir verdad, ni siquiera es un discurso opositor:
no se percibe una contrapropuesta a lo que se plantea. Es tan dañino que
incluso ultrajan a quienes son víctimas y desprotegidos del sistema.
Los legisladores deben darse cuenta de que han
desatado una guerra por la falta de diálogo. «Una política que no es capaz de
dialogar para evitar una guerra es una política derrotada, terminada. Ha
perdido su vocación de unidad, de armonía, incluso con opiniones diferentes;
por eso el diálogo es clave en la política, porque ahí se elaboran las cosas»,
decía Francisco.
Es urgente un cambio de actitud. Nosotros, «los de
abajo», no debemos ser el espejo de lo que ellos hacen. Al contrario: hay que
iniciar otro proceso desde el diálogo abierto y sincero. «Siempre hay que tener
en cuenta que la unidad es superior al conflicto. Hay que buscar la unidad»,
expresaba Bergoglio. Es tiempo de iniciar, desde la política, otro proceso que
tenga como fin último el bienestar social. La paz se construye desde la
diferencia que sabe dialogar.
Hay historias que duelen más allá de los titulares. Historias que no deberían existir y, sin embargo, se repiten con una crudeza que interpela a toda la sociedad. Hoy quiero detenerme en dos casos que conmovieron profundamente, no solo por su desenlace, sino por lo que revelan: la incapacidad —o la indiferencia— de nuestras estructuras para sostener a quienes más lo necesitan. (Por Guillermo Alejandro Bordón)
Hay algo que se ha ido diluyendo en la política contemporánea argentina, casi sin que lo notemos del todo: la esencia del discurso. No porque falten palabras —de hecho, sobran—, sino porque han perdido densidad, verdad y compromiso con la realidad. (Por Lic. Guillermo Alejandro Bordón)
En el sur de Tucumán, las inundaciones no son un hecho aislado ni una sorpresa absoluta. Son parte de una historia que se repite cada verano, cuando la lluvia cae con intensidad y los ríos recuerdan que el territorio tiene memoria. (Fuente: Tucumán Católico, Por María José González)
En los últimos tiempos se ha podido observar —aunque no es un fenómeno nuevo— un marcado “interés” de la política por identificarse con los valores cristianos. Este fenómeno, por supuesto, no concuerda con los resultados obtenidos a nivel social y económico. (Por Guillermo Bordón)