Por eso, al celebrar a la Virgen del Valle celebramos a la primera consagrada, la primera que va a ser también el primer miembro de la Iglesia, y también la primera discípula de Jesús. María encarna la realización de la promesa de Dios de darnos su vida divina. Pero encarna también esa promesa de Dios que se fue realizando en el tiempo. Ella está en la bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la que conduce a los que permanecieron fieles a Dios en el Antiguo Testamento, los hace entrar en el Nuevo Testamento, gracias a un ‘sí’ que María da a la invitación del Ángel en su confianza en Dios. Un ‘si’ que mantiene a lo largo de toda su vida, en circunstancias buenas y difíciles, pero justo en las circunstancias difíciles, María a ese ‘si’ lo alimenta, lo ilumina, lo fortalece guardando la Palabra de Dios en su corazón”.
En otro tramo dijo que “podríamos decir que María hace sus votos perpetuos en el Calvario, allí donde Ella se asocia totalmente a la condición y a la obra del Hijo, y es en el Calvario donde María muere en su corazón y renace como resucitada participando de la vida misma de Cristo en su totalidad. Ya lo tenía por la gracia, pero ahora lo tiene como conciencia mayor”.
“El consagrado tiene que tener siempre una vinculación especial con María reconociéndola presente en la obra de la salvación, como hijo y como aquel que toma ejemplo de María y pide su intercesión para poder ser fiel hasta el final. El verdadero fiel en todas las cosas es solo Dios, pero la fidelidad humana se basa y se arraiga en esa fidelidad de confianza en Dios”.