La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz.
Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María. Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2,35) le profetizó el anciano Simeón. Pero ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica y ahora en su Iglesia diseminada por toda la tierra.
Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel: “Hágase” - “Fiat” (Lc 1,38). A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquélla única inocente, a la que no cargaba sus pecados. Ella nos enseña la fortaleza con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de participar de la redención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.
Sí, queridos hermanos, a esta Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo. Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el Resucitado.
Y ahora me dirijo a Ti, Madre del Valle, con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo dilecto, el Beato Mamerto Esquiú:
“Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo; multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos glorifique en la eterna. Amén”.
¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!! ¡¡¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!!!