La paz que no acaba de llegar, que no se estabiliza, que paga un amargo precio frente a intereses mortíferos. Este es el tema central y crucial en torno al cual gira el llamamiento de hoy, último domingo de julio, tras la oración del Ángelus presidida por León XIV en la Plaza de la Libertad de Castel Gandolfo. La preocupación por el destino de Oriente Medio es especialmente intensa para el Papa, incluida la situación del Líbano, donde ayer fue beatificado el patriarca maronita Elia Hoayek. Además, al mostrarse al tanto de las noticias sobre los devastadores incendios que están afectando a diversas localidades de Francia y España, el Papa manifiesta su cercanía e invita a todos a rezar «por las personas afectadas y por la labor de los equipos de rescate».
El descanso estival no distrae, por tanto, al Pontífice de la inquietud con la que sigue observando la persistencia y el recrudecimiento de la violencia en Tierra Santa, donde —como recuerda en el Ángelus dominical desde Castel Gandolfo— últimamente también han sido víctimas muchos civiles, tanto en Cisjordania como en Gaza. De su boca brotan palabras firmes dirigidas a los líderes políticos: «Hago un llamamiento sincero para que se retome la negociación de una solución política justa, basada en la misma dignidad y los mismos derechos de toda persona humana, y para que se rechacen nuevas acciones militares y decisiones unilaterales, en particular aquellas que violan el respeto y el statu quo de los lugares sagrados de todas las confesiones religiosas».
La mirada del Papa se extiende a todo Oriente Medio, donde la escalada de violencia y destrucción provocada por las operaciones militares está afectando «gravemente», observa el Papa, a la vida de numerosos civiles. La escasez de agua potable y de electricidad es un dato que no pasa a un segundo plano en el llamamiento del Pontífice. A partir de ahí, el llamamiento continúa: «Desde lo más profundo de mi corazón, insto a todas las partes implicadas a que suspendan los ataques y reabran con urgencia los espacios de diálogo y diplomacia, para alcanzar lo antes posible la paz, tan anhelada por toda la región».
«Que el Señor toque los corazones e ilumine las mentes de los responsables, para que pronto se alcance la reconciliación y la paz», es la súplica del Sucesor de Pedro, quien pide a cada uno que encomiende en la oración a todos los pueblos que sufren a causa de la guerra.
La atención por la situación política y humanitaria de la región de Oriente Medio se extiende también al «tan querido» Líbano, etapa del primer viaje apostólico de León XIV. Tras la beatificación, precisamente en el País de los Cedros, de Elia Hoayek, patriarca de Antioquía de los maronitas entre 1899 y 1931 y fundador de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia, quien durante más de treinta años guió a la Iglesia maronita «con gran dedicación y sensibilidad pastoral», el Papa recuerda a quien ya se considera el «Padre del Gran Líbano». Para el Pontífice, sigue siendo el «hombre del diálogo y de la esperanza» y un «luminoso punto de referencia eclesial, social y político». Recomienda oraciones de intercesión para implorar y obtener el don de la paz para todo el pueblo.
El Papa tampoco deja de mencionar a los abuelos y a las personas mayores. Lo hace en la Jornada de hoy dedicada a ellos, que, en su sexta edición de este año, retoma las palabras de Isaías: «Yo, en cambio, nunca te olvidaré». Conscientes de que son un don para la Iglesia y para la sociedad, llega la invitación: «Comprometámonos a respetar y valorar su valioso papel y a garantizarles, siempre, la debida atención y asistencia».












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