Pero si nosotros encarnamos ese Evangelio seremos texto
vivo para los demás, la única Biblia a la que muchos hermanos podrá acceder.
El problema está en si el evangelio que hemos recibido de
Jesús responde a nuestro compromiso o se queda solo en las palabras bonitas y
profundas. Porque cuántas veces nos admiramos de esas palabras evangélicas, en
quien “habla con autoridad…” pero Jesús no nos dice esas palabras para que le
admiremos, sino para que las cumplamos, aunque sea como el primero de los
hermanos de la parábola de hoy o como el hijo pródigo…
Cuando decir que sí resulta fácil
Seguramente alguno de nosotros vivió una situación parecida a la del
Evangelio de este domingo: un padre les
pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña y recibe de cada uno una
respuesta distinta. El primero contesta que no quiere ir, pero después cambia
de parecer y va. El segundo responde rápidamente que sí, pero finalmente no
hace nada. Jesús pregunta entonces cuál de los dos cumplió la voluntad del
padre, y la respuesta parece sencilla: el primero.
Sin embargo, detrás de esta pequeña historia hay una pregunta que no es
tan sencilla y que, si somos sinceros, puede incomodarnos un poco: ¿cuánto de
lo que decimos termina realmente convertido en hechos?
Vivimos rodeados de palabras. Prometemos, opinamos, nos comprometemos
con cambios, con ayudas, etc. También en la vida social estamos permanentemente
escuchando grandes declaraciones, compromisos y discursos que suenan bien
cuando se pronuncian, pero que después, lamentablemente, quedan en palabras.
El segundo hijo de la parábola quizás no es un mal hijo. Simplemente
dice que sí y después no va. Y quizás allí está una de las cosas que más nos interpelan,
porque muchas veces tampoco nosotros actuamos desde la mala intención. Decimos
que sí porque en ese momento queremos quedar bien, porque no queremos
decepcionar al otro, porque pensamos que más adelante veremos cómo hacemos o
porque sencillamente nos cuesta reconocer que no tenemos ganas, tiempo o
fuerzas.
Hay personas que han aprendido a decir siempre lo correcto, a ocupar el
lugar adecuado, a tener la respuesta esperada para cada circunstancia, pero
después, cuando llega el momento de hacerse cargo, desaparecen. También
nosotros podemos caer en eso, incluso en ámbitos donde creemos estar haciendo
las cosas bien. Podemos hablar mucho de solidaridad y ser indiferentes con
quien tenemos al lado, defender la familia y no tener tiempo para escuchar a
los nuestros, reclamar justicia y tratar injustamente a alguien que depende de
nosotros, hablar de comunidad y cerrar la puerta cuando aparece alguien que no
conocemos.
También está el que dijo que no
Pero Jesús introduce en la parábola algo todavía más interesante. El
hijo que finalmente cumple el pedido del padre no es el que responde
correctamente desde el comienzo. Es justamente el que primero dice que no. Pero
después “revisa” el camino, cambia, corrige su actitud.
Hay un valor enorme en poder decir alguna vez: “Me equivoqué”. En una
época en la que parece necesario tener siempre una explicación, una
justificación o alguien a quien echarle la culpa, reconocer un error requiere
humildad que tanto nos cuesta poner en marcha.
El primer hijo cambia de opinión. Se arrepiente, recapacita y va a la
viña. Y esa posibilidad de cambiar es una de las cosas más esperanzadoras del
Evangelio, porque muestra el camino interno que tenemos que hacer. Esa es la
conversión.
Hay decisiones que tomamos con demasiada rapidez, palabras que dijimos
en un momento de enojo y pudieron herir o vínculos que descuidamos o personas a
las que no supimos valorar. A veces creemos que porque dijimos algo hace tiempo
tenemos que sostenerlo para siempre, como si cambiar de opinión fuera una
debilidad. Sin embargo, la vida cristiana conoce profundamente la palabra
conversión, y convertirse significa precisamente eso: reconocer que un camino
ya no conduce hacia donde queremos ir y tener el valor de tomar otro.
Una sociedad cansada de promesas
Quizás por eso esta parábola también tiene algo que decirnos como
sociedad. En tiempos que las palabras han adquirido un peso enorme, pero muchas
veces han perdido valor. Nos hemos acostumbrado a escuchar promesas que después
se diluyen, compromisos que duran mientras duran las cámaras, discusiones
interminables. Esto no ocurre solamente en la política o en las instituciones.
También aparece en nuestras familias, en los lugares de trabajo, en las
organizaciones, en las comunidades y hasta en las pequeñas conversaciones que
tenemos mientras vamos en colectivo.
Y quizá por eso necesitamos recuperar algo necesario: que nuestra
palabra vuelva a tener relación con nuestra vida. No se trata de exigirnos una
perfección imposible. Todos vamos a fallar, todos vamos a cambiar de opinión,
todos alguna vez diremos que sí y no podremos cumplir. Lo importante es que exista todavía la
capacidad de corregir el rumbo.
La viña sigue esperando
La imagen de la viña resulta hermosa porque habla de un lugar concreto
donde hay algo que hacer. El padre no les pide a sus hijos que pronuncien un
discurso sobre la viña. Les pide que vayan a trabajar. Nuestra fe también tiene
una viña concreta: la familia, el barrio, el trabajo, la comunidad, la sociedad.
Es necesario trabajar esas viñas, muy necesario.
Tal vez hoy podamos preguntarnos, sin demasiadas vueltas, qué estamos
diciendo y qué estamos haciendo con aquello que decimos creer. Y también
podemos preguntarnos si hay algún “no” del pasado que todavía estamos a tiempo
de transformar en un “sí”.
Porque el Evangelio no presenta a personas perfectas, obras terminadas
sin necesidad de conversión. Presenta personas capaces de cambiar. Y eso,
después de todo, es una buena noticia: que Dios no nos mira solamente por lo
que dijimos alguna vez, sino también por el camino que todavía somos capaces de
emprender. La viña sigue allí, esperando. Y mientras haya tiempo para volver
sobre nuestros pasos, siempre habrá una manera de empezar a trabajar. Menos mal
que El siempre nos esta esperando. ¡Hasta el próximo encuentro!











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