Sobrevolemos nuestro relato como
si tuviéramos un drone literario. El dueño había preparado todo. Plantó la
viña, la rodeó, construyó una torre, preparó el lagar y después se la confió a
unos trabajadores. Ellos tenían una tarea concreta: cuidar aquello que habían
recibido y entregar sus frutos cuando llegara el momento.
Pero con el paso del tiempo
ocurrió algo que conocemos bastante bien. Lo que había sido recibido como un
encargo comenzó a sentirse como una propiedad. Y cuando alguien se acostumbra a
pensar que algo le pertenece, puede llegar a olvidar que también tiene una
responsabilidad sobre ello.
La parábola es dura, incluso
violenta, pero justamente por eso nos obliga a detenernos. Jesús está hablando
a personas concretas, a dirigentes que tienen una responsabilidad religiosa y
social, pero la historia también puede mirarnos a nosotros, porque todos
tenemos alguna pequeña viña confiada a nuestras manos.
Es necesario darnos cuenta que hay
una diferencia grande, muy grande, entre cuidar algo y apropiarnos de ello. Una
familia no es propiedad de quien ocupa el lugar de padre o madre. Un trabajo
tampoco es propiedad de quien tiene un cargo. Una institución no pertenece para
siempre a quien alguna vez recibió la responsabilidad de conducirla. Una
comunidad tampoco puede convertirse en territorio personal de nadie. Incluso la
Iglesia, que tantas veces podemos sentir profundamente nuestra, sigue siendo de
Dios.
Sin embargo, muchas veces ocurre lo
contrario. Nos cuesta ceder espacios o aceptar otras voces, también nos puede
costar reconocer que alguien puede hacer las cosas de una manera diferente. Y
algo que vemos en varios sectores es que nos cuesta permitir que una nueva
generación tome responsabilidades. A veces defendemos tanto un lugar que
terminamos olvidando para qué nos fue confiado.
Podemos tener la tentación de
pensar que esto ocurre solamente en los grandes ámbitos de poder. Y también
puede suceder en una familia, cuando alguien quiere decidir siempre por todos;
o en una organización, cuando una persona se vuelve imprescindible porque no
permite que nadie aprenda; en una comunidad, cuando un grupo termina creyendo
que tiene más derechos que los demás; incluso en nuestras relaciones personales,
cuando confundimos querer a alguien con tener autoridad sobre su vida.
¿Qué frutos estamos dando?
La primera lectura de este
domingo, tomada del profeta Isaías, utiliza también la imagen de una viña. Dios
ha hecho todo lo necesario y espera una cosecha, pero encuentra algo muy
distinto de aquello que esperaba: en lugar de buenos frutos, encuentra frutos
malos.
Es una imagen que puede hacernos
una pregunta bastante sencilla y, al mismo tiempo, bastante incómoda: ¿qué frutos está dando aquello que tenemos a
nuestro cargo?
No hace falta pensar solamente en
grandes obras. Los frutos aparecen en cosas mucho más pequeñas: en la manera en
que tratamos a quien trabaja con nosotros, en la paciencia que tenemos en casa,
en la forma en que hablamos de quien piensa distinto, en la capacidad de
escuchar, en la honestidad con la que cumplimos una tarea por más “pequeña” que
creemos que sea hasta en la manera de utilizar un cargo o una responsabilidad.
La vez anterior hablábamos de
palabras bonitas y profundas que pueden tener una expresión religiosa. Porque
podemos tener muchas palabras de ese tipo, conocer oraciones, ser activos en
celebraciones, hablar de valores y defender determinadas ideas, pero finalmente
la pregunta más sencilla sigue siendo la misma: ¿qué produce todo eso en
nuestra manera de vivir?
Si nuestra fe no consigue hacernos
un poco más humanos, más justos, más capaces de perdonar y más atentos al que
tenemos cerca, quizá haya algo de la viña que estamos cuidando mal. Tal vez
hasta nos estamos queriendo adueñar de la misma.
Los viñadores de la parábola no
solamente quieren trabajar la viña sino quieren quedarse con ella. Y allí
aparece una tentación muy humana: querer tener, controlar, acumular, decidir,
permanecer. A veces creemos que cuanto más podemos controlar, más seguros
estamos, cuando, en realidad, nada de lo que tenemos es completamente nuestro.
Recibimos una familia, unos años de vida, capacidades, oportunidades, afectos,
etc.. Incluso muchas de las cosas que creemos haber conseguido exclusivamente
por nuestros propios méritos fueron posibles porque alguien antes nos abrió una
puerta, nos enseñó, nos acompañó o simplemente creyó en nosotros cuando todavía
no éramos capaces de hacerlo solos.
Quizá por eso la gratitud tenga
tanta importancia. El que agradece reconoce que recibió algo. Y quien reconoce
que recibió algo entiende también que tiene algo para entregar.
Podríamos leer esta parábola
solamente como una historia religiosa del pasado, pero sería una lástima.
También nuestra sociedad está llena de viñas confiadas a nuestras manos.
Tenemos instituciones que
necesitan ser cuidadas, espacios públicos que pertenecen a todos, recursos que
deben ser administrados con responsabilidad, familias que necesitan tiempo,
jóvenes que necesitan oportunidades, personas mayores que necesitan compañía,
comunidades que necesitan dirigentes capaces de servir y no solamente de
mandar. Tenemos muchas viñas, cada uno de nosotros reconocerá cual le tocó
cuidar.
El problema no es tener autoridad.
El problema aparece cuando olvidamos para qué la recibimos. Toda
responsabilidad debería poder responder algún día a una pregunta muy sencilla: ¿qué hiciste con lo que te confié?
Y esa pregunta puede hacerse desde
el Evangelio, pero también desde la conciencia, y las respuestas estarán allí
en esos dos lugares.
La parábola termina con otra
imagen poderosa: la piedra rechazada por los constructores que termina
convirtiéndose en piedra angular.
Dios tiene una manera particular
de construir. No siempre utiliza aquello que nosotros consideramos importante,
fuerte o imprescindible. A veces aquello que dejamos de lado termina siendo
precisamente lo que sostiene una construcción nueva. Soltar protagonismos,
cargos, viejas formas de hacer las cosas, seguridades que alguna vez fueron
necesarias pero que ya no ayudan. Soltar la necesidad de que todo pase por
nuestras manos y aceptar que otros pueden continuar una tarea que nosotros comenzamos.
Y si aceptamos que incluso lo pueden hacer mejor, ahí si estamos progresando.
La viña seguirá dando frutos
cuando comprendamos que no fuimos puestos allí para adueñarnos de ella, sino
para cuidarla.
Al final, todos somos un poco
viñadores. Todos tenemos algo que Dios, la vida y los demás han puesto en
nuestras manos. La pregunta no será cuánto conseguimos guardar para nosotros,
sino qué frutos dejamos.
Porque quizá la verdadera grandeza
no esté en poder decir “esto es mío”, sino en llegar al final del camino y
poder mirar hacia atrás con la tranquilidad de quien sabe que aquello que
recibió quedó un poco mejor, un poco más humano y un poco más fecundo después
de haber pasado por sus manos. ¡Hasta el próximo encuentro!











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