Podemos esforzarnos durante años y sentir que merecemos
algo más; podemos mirar al que está al lado y preguntarnos por qué recibió una
oportunidad que nosotros esperamos durante tanto tiempo. Y, aunque nos cueste
reconocerlo, muchas veces nuestra tranquilidad depende de comparar lo que
tenemos con lo que tienen los demás. Nos habrá pasado muchas veces, incluso en
las tareas pastorales y en la vida cotidiana de nuestras comunidades y
servicios.
El Evangelio presenta una escena que toca justamente ese
punto. Jesús cuenta la parábola de unos trabajadores contratados para trabajar
en una viña. Algunos comienzan temprano, otros llegan más tarde, incluso cuando
queda poco tiempo para terminar la jornada. Sin embargo, al final todos reciben
el mismo pago. Los que trabajaron desde la primera hora se sienten perjudicados
y protestan.
La respuesta del dueño de la viña puede resultarnos
desconcertante: «¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?». Tal vez allí esté la
verdadera pregunta.
La comparación que nos roba la
alegría
Vivimos comparando. Comparamos salarios, casas, trabajos,
oportunidades, reconocimientos, hijos, logros y hasta la felicidad que creemos
descubrir en los demás. Las redes sociales han llevado esta costumbre a un
extremo: vemos solamente una pequeña parte de la vida ajena y, aun así, muchas
veces la utilizamos para juzgar la nuestra. El problema de la comparación es
que puede convertir incluso aquello que tenemos en motivo de insatisfacción.
El trabajador de la parábola no recibe menos de lo
acordado. Recibe exactamente lo que se le había prometido. Sin embargo, deja de
valorar lo recibido cuando descubre que otro recibió lo mismo trabajando menos
horas.
Podemos tener una vida digna, una familia, amigos, trabajo,
posibilidades y pequeñas cosas que agradecer, pero continuamos mirando
permanentemente aquello que todavía no conseguimos.
No todo se gana por mérito
La parábola también nos invita a revisar una idea muy
instalada entre nosotros: que todo debe funcionar como una recompensa exacta al
mérito. Por supuesto que el esfuerzo importa: sabemos que trabajar, estudiar,
cumplir, perseverar y asumir responsabilidades tiene valor. Una sociedad justa
necesita reconocer el esfuerzo y evitar que quienes trabajan queden siempre
detrás de quienes tienen ventajas o acomodos. Pero la vida humana no puede
reducirse a una planilla de premios y castigos.
Hay cosas que recibimos sin haberlas ganado: el cariño de
alguien, una segunda oportunidad, una amistad, una mano tendida cuando
estábamos caídos, la posibilidad de empezar nuevamente. También hay quienes
comienzan la carrera mucho más atrás que nosotros y necesitan una oportunidad
que no se puede medir solamente con horas trabajadas.
El dueño de la viña no está siendo injusto con los primeros
trabajadores. Está siendo generoso con los últimos. Y esa es la diferencia que nos
cuesta entender…y aceptar.
Una mirada diferente sobre los
demás
Quizá una de las mayores enseñanzas del Evangelio sea que
Dios no mira nuestras vidas como nosotros solemos hacerlo. Nosotros hacemos
rankings; Dios mira personas. Nosotros contamos méritos; en cambio Dios ve historias.
Detrás de cada persona hay circunstancias que desconocemos.
No sabemos cuántas veces alguien tuvo que empezar de nuevo, cuánto tiempo
esperó una oportunidad o qué heridas lleva consigo.
También ocurre al revés. Hay personas que llegan tarde a
muchas cosas: al trabajo, a una decisión, a la fe, a una reconciliación, a una
nueva oportunidad. Y a veces nosotros creemos que ya perdieron el derecho a
comenzar. El Evangelio parece decirnos que mientras haya vida, nunca es
demasiado tarde para entrar en la viña.
También en nuestra sociedad
Esta enseñanza tiene una dimensión que va más allá de
nuestra vida personal. En una sociedad cansada de desigualdades, frustraciones
y oportunidades distribuidas de manera injusta, necesitamos distinguir entre
justicia y resentimiento. No podemos pedirle a quien quedó atrás que
simplemente acepte su situación. Hay desigualdades que deben ser corregidas y
oportunidades que deben abrirse para quienes no las tuvieron.
El misterio de una viña abierta
El Evangelio termina con una frase que muchas veces hemos
escuchado, pero que conserva toda su fuerza: «Los últimos serán los primeros y
los primeros serán los últimos».
No se trata simplemente de invertir los lugares de una
fila. Es una manera de recordarnos que delante de Dios nadie puede considerarse
dueño de un privilegio definitivo. Qu ela lógica del Reino no es la misma
lógica del mundo. Que la gratuidad de Dios siempre, pero siempre está por
encima de nuestras mezquindades. Si Dios no fuera así de generoso y
misericordioso ¡Pobre de nosotros!
Quizá necesitamos aprender a mirar nuestra propia vida con
menos cálculo y más gratitud. A valorar lo que recibimos sin convertirlo
inmediatamente en una comparación. A alegrarnos cuando alguien que venía
esperando consigue finalmente una oportunidad.
Porque, al fin y al cabo, todos somos trabajadores del
Reino que alguna vez llegamos temprano y otras veces llegamos tarde. Todos
hemos recibido algo que no habíamos ganado completamente. Todos necesitamos que
alguien nos abra una puerta cuando pensábamos que ya era demasiado tarde. La
viña de Dios siempre tiene lugar.
Y quizá la verdadera conversión consista en dejar de mirar
cuánto recibió el otro para descubrir, con un poco más de humildad, cuánto
hemos recibido nosotros y qué podemos hacer con eso para que alguien más
también encuentre un lugar. ¡Nos vemos!











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