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Editorial: Las llaves que tenemos en las manos
23/08/2026 | 41 visitas
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¿Cuántas veces nos sentimos como apabullados de tanta información? En algunas circunstancias hasta podemos sentirnos “desinformados” con tantos datos. Vivimos rodeados de opiniones y, muchas veces, en la inmediatez ya hay alguien dispuesto a explicarnos qué deberíamos pensar sobre la noticia del día, quién tiene la culpa de lo que está pasando, quién tiene razón o incluso qué deberíamos sentir frente a determinadas situaciones. (Por Diácono Roberto Pedraza - Arquidiócesis de Resistencia, Chaco)
Las redes sociales, los medios de comunicación, las conversaciones familiares y los grupos de amigos nos acercan permanentemente interpretaciones de la realidad y, casi sin advertirlo, podemos terminar adoptando como propias ideas que simplemente hemos escuchado tantas veces que ya nos resultan familiares. Por eso aquella pregunta que Jesús hace a sus discípulos conserva una fuerza muy particular en nuestro tiempo. Primero quiere saber qué dice la gente acerca de él y las respuestas aparecen enseguida, porque siempre resulta más sencillo hablar de lo que dicen los demás y repetir lo que circula. Pero después la pregunta cambia de dirección y deja a cada uno frente a su propia responsabilidad: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Tener una voz también es una responsabilidad Pedro se anima a responder a la pregunta de Jesús y lo hace desde lo descubierto en su experiencia. No necesita recurrir a una encuesta ni repetir simplemente lo que acaba de escuchar de los demás; se compromete personalmente con su respuesta. Allí hay algo que también necesitamos recuperar en nuestra vida social, porque tener una voz propia no significa creer que siempre tenemos razón, sino aceptar que nuestras palabras tienen consecuencias y que también somos responsables de aquello que provocamos cuando las pronunciamos. En una sociedad que con demasiada facilidad divide todo entre quienes están de un lado y quienes están del otro, recuperar la capacidad de escuchar puede convertirse en una verdadera forma de madurez. Que importante sería comprender que cambiar de opinión no debería ser considerado una derrota. Necesitamos volver a encontrarnos sin exigir que la otra persona piense exactamente como nosotros para poder respetarla, porque una comunidad madura no es aquella en la que todos comparten las mismas ideas, sino aquella en la que las diferencias pueden existir sin transformarse inmediatamente en desprecio, agresión o distancia. Cuando dejamos que otros piensen por nosotros Hay una diferencia importante entre estar informado y haber desarrollado un pensamiento propio. Podemos conocer muchas opiniones, leer las noticias y escuchar a personas que consideramos inteligentes o confiables y, sin embargo, no habernos tomado el tiempo necesario para elaborar una mirada personal sobre aquello que sucede a nuestro alrededor. Esto se hace particularmente evidente en una época en la que todo parece exigir una respuesta inmediata. ¡Y encima los argentinos somos especialistas en casi todo! Una noticia aparece en la pantalla y, pocos minutos después, ya tenemos miles de personas opinando, muchas veces sin haber leído más que un título o un fragmento; alguien publica una frase, otro la comparte, un tercero la comenta y, cuando todavía no terminamos de comprender lo que ocurrió, ya parece existir una verdad que todos deberíamos aceptar sin hacer demasiadas preguntas. A veces confundimos convicción con repetición, porque decimos aquello que hemos escuchado tantas veces que terminamos creyendo que lo hemos pensado nosotros. Y esto no ocurre solamente cuando hablamos de política: también sucede en muchas dimensiones de nuestra vida diaria. Las llaves que llevamos con nosotros Junto con esta pregunta aparece otra imagen que puede ayudarnos a mirar nuestra propia realidad: la de una llave entregada como signo de responsabilidad. Parece un objeto pequeño y cotidiano, pero sabemos muy bien lo que puede significar, porque puede abrir una casa después de una larga jornada, permitir el ingreso a un lugar que necesitamos o cerrar una puerta cuando sentimos que allí estamos seguros. No le damos la llave de nuestra casa a cualquiera, debe ser alguien responsable, que sea de nuestra confianza, no solo por seguridad, sino mayormente porque va a compartir nuestro espacio, nuestra intimidad, nuestras cosas. Algo parecido ocurre con las relaciones humanas, porque todos tenemos pequeñas llaves en nuestras manos aunque no siempre seamos conscientes de ello. Palabras, actitudes, gestos, pueden ayudar en el momento adecuado, devolverle ánimo a alguien que está atravesando una situación difícil; modificar el rumbo de una vida. Escuchar pacientemente puede devolverle dignidad a alguien que lleva mucho tiempo sintiendo que nadie quiere escuchar lo que quiere decir. Pero esas mismas llaves también pueden servir para cerrar. Una mirada de desprecio puede hacerle sentir a alguien que estorba, una palabra pronunciada con crueldad puede cerrar una posibilidad de reconciliación y un prejuicio puede impedir que conozcamos realmente a una persona. Incluso una pequeña decisión tomada desde la indiferencia puede dejar afuera a alguien que necesitaba precisamente aquello que nosotros estábamos en condiciones de ofrecer. Por eso una llave no representa solamente poder, sino también responsabilidad. No hace falta ocupar un cargo importante para abrir o cerrar caminos: los padres tienen una llave en relación con sus hijos, los docentes con sus alumnos, los responsables de una empresa con quienes trabajan en ella, los funcionarios con los ciudadanos, los comunicadores con aquello que deciden mostrar y también callar, y cada uno de nosotros tiene alguna llave cuando otra persona se acerca buscando simplemente ser escuchada. Abrir sin dejar de ser quienes somos Abrir puertas no significa vivir sin límites ni renunciar a nuestras convicciones. Una casa necesita puertas y también necesita saber cuándo abrirlas y cuándo cerrarlas; una sociedad necesita normas y responsabilidades. El problema aparece cuando la llave deja de ser un instrumento de servicio y comienza a utilizarse como una forma de poder sobre los demás, cuando descubrimos que tenemos la posibilidad de abrir y también podemos cerrar una puerta. Corremos el riesgo de convertirnos en dueños de decidir quién merece entrar y quién debe permanecer afuera. La pregunta verdaderamente importante, entonces, no es cuánto poder tenemos para abrir o cerrar, sino para quién estamos utilizando aquello que tenemos en nuestras manos. Tal vez nuestra sociedad necesite menos personas preocupadas por demostrar cuánto poder poseen y más personas dispuestas a comprender la responsabilidad que existe detrás de cada pequeña cuota de autoridad que recibimos. Pensemos que el poder no aparece solamente en los grandes despachos ni en los lugares donde se toman decisiones importantes; muchas veces se manifiesta en una conversación familiar, en una escuela, en una oficina, en un comercio o en una comisión vecinal, cada vez que tenemos la posibilidad concreta de hacerle un poco más fácil la vida a alguien o, por el contrario, de complicársela innecesariamente. Podemos pasar mucho tiempo hablando de cómo debería cambiar nuestra sociedad y, al mismo tiempo, seguir cerrando pequeñas puertas a quienes tenemos más cerca. Una pregunta que no podemos delegar Hay algunas preguntas que nadie puede responder en nuestro lugar, una de ella es qué clase de persona queremos ser, qué lugar queremos ocupar en la vida de quienes nos rodean y qué vamos a hacer con las posibilidades que recibimos a lo largo del camino. Por eso la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos conserva intacta su capacidad de interpelarnos después de tantos siglos: ¿quién es Jesús para mí?. Tratemos que la respuesta no sea solamente repetir una fórmula aprendida en algún momento de nuestra vida, sino en descubrir cuánto de aquello que decimos creer se refleja realmente en la manera en que vivimos, no solo pareciendo buenas personas o incluso “buenos cristianos” sino viviéndolo en cada lugar social, en cada ambiente en que estemos. Porque si creemos en un Dios que abre caminos, nuestra vida no debería ser una sucesión de puertas cerradas; si creemos en un Dios que confía responsabilidades en manos humanas, tendremos que aceptar que cada una de nuestras pequeñas llaves trae consigo una responsabilidad que no podemos delegar. Y no se trata solo de acciones privadas, eso es necesario, sino también de acciones públicas, participación ciudadana en los distintos ámbitos. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero ni solucionar todos los problemas que nos preocupan, pero somos responsables de los cambios pequeños en nuestros ambientes. Quizás cuando llegue el momento de mirar hacia atrás descubramos que una parte importante de nuestra vida no estuvo determinada también por todas esas pequeñas puertas que decidimos abrir cuando podríamos haberlas dejado cerradas. Porque, de una manera u otra, todos recibimos alguna llave. Lo importante es descubrir qué hacemos con ella. ¡Hasta la próxima!
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Hna. Sonia Lucarelli:
Hola. Soy religiosa dominica de Córdoba. Estoy investigando sobre la coronación de la Virgen del Valle. Serà posible que me contacten con alguno de los investigadores que tiene a su cargo la historia?
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