Tenemos
muchas palabras para hablar sobre los demás y, sin embargo, nos faltan
palabras para hablar con los demás. Quizás por eso resulta tan actual la
propuesta de Jesús cuando habla de la corrección fraterna. No propone la exposición,
la humillación ni la condena inmediata. Propone primero un encuentro: «ve y
corrígelo a solas». Y agrega algo que cambia completamente el sentido de esa
corrección: «si te escucha, habrás ganado a tu hermano».
Hablar antes de juzgar
La
diferencia parece pequeña, pero en realidad es enorme. Cuando queremos tener
razón, el otro se convierte fácilmente en un adversario al que hay que vencer;
cuando queremos recuperar al otro, en cambio, todavía lo seguimos considerando
hermano, alguien cuya vida nos importa y con quien vale la pena intentar
reconstruir un vínculo.
Vivimos
tiempos en los que la opinión parece haberse convertido en una especie de
tribunal permanente. Las redes sociales, los grupos de mensajes y hasta las
conversaciones cotidianas pueden transformarse rápidamente en lugares donde
juzgamos a personas que muchas veces ni siquiera están presentes para explicar
lo que hicieron. Una frase fuera de contexto alcanza para provocar una condena,
una equivocación puede quedar registrada durante años y una persona puede
terminar reducida al peor de sus errores.
Lo
paradójico es que mientras hablamos tanto de empatía, tolerancia y respeto,
hemos perdido una de las formas más elementales del respeto: darle al otro laoportunidad de escucharnos y de ser escuchado. Jesús propone algo mucho
más exigente que callarse frente al mal y algo mucho más humano que señalarlo
delante de todos. Propone acercarse. Hablar. Escuchar. Intentar. Eso requiere
valentía, porque hablar con alguien a solas es mucho más difícil que hablar de
él con otros.
Ser centinelas
La primera lectura agrega una imagen particularmente fuerte: la del centinela. A Ezequiel se le recuerda que quien ve venir el peligro tiene la responsabilidad de advertirlo. No puede mirar hacia otro lado y después desentenderse de las consecuencias.
También
nosotros somos, de alguna manera, centinelas de quienes forman parte de nuestra
vida. En una familia, en una amistad, en un trabajo, en una comunidad, incluso
en una sociedad, hay momentos en los que guardar silencio no es prudencia sino
comodidad. Hay situaciones en las que decirle al otro «esto no está bien» puede
ser una forma de quererlo, aunque sepamos de antemano que probablemente no
recibiremos un aplauso por hacerlo.
Pero ser
centinela no significa convertirse en vigilante de la vida ajena. Ahí está la
diferencia que tantas veces olvidamos. El centinela mira para cuidar; el
vigilante mira para encontrar culpables. El primero advierte porque le importa
lo que pueda suceder; el segundo espera el error para poder señalarlo.
Por eso la
corrección cristiana nunca puede confundirse con la condena. Si pierde el amor,
deja de ser corrección fraterna y se convierte simplemente en juicio.
Necesitamos aprender a conversar
Una comunidad en la que nadie puede decirle nada a nadie termina siendo una comunidad indiferente, mientras que una comunidad en la que todos se sienten autorizados a juzgar a todos termina siendo una comunidad enfrentada consigo misma. Aun más grave ¿seguiría siendo una comunidad o una juntada de personas?
Me atrevo a
sugerir que esto vale para la política, para las instituciones, para las
familias, para las comunidades religiosas, para los ámbitos de trabajo y para
esas pequeñas relaciones cotidianas donde muchas veces comienzan las grandes
fracturas. Porque una sociedad no se rompe únicamente cuando hay grandes
conflictos; también se va quebrando lentamente cuando sus integrantes dejan de
mirarse a los ojos, cuando la sospecha reemplaza a la conversación y cuando
hablar del otro resulta más fácil que hablar con él.
Quizás por
eso la palabra de san Pablo resulte tan contundente: «la plenitud de la ley es
el amor». Y enseguida explica que quien ama al prójimo no le hace daño.
No dice que
amar sea estar siempre de acuerdo. No dice que debamos aceptar cualquier cosa
para evitar conflictos. Dice algo bastante más exigente: que incluso cuando
tenemos que corregir, reclamar, denunciar o poner límites, nunca deberíamos
perder de vista que delante nuestro hay una persona.
¿Queremos tener razón o queremos recuperar al otro?
Hay una pregunta escondida en el Evangelio que quizás deberíamos hacernos más seguido: cuando discutimos con alguien, cuando señalamos su error o cuando sentimos que nos ha hecho daño, ¿qué es realmente lo que buscamos? ¿justicia?, ¿Venganza? ¿Corregir o humillar? Podemos decir que queremos defender la verdad y, sin embargo, estar mucho más interesados en demostrar que nosotros teníamos razón. Jesús cambia el objetivo: «habrás ganado a tu hermano».
Es una
expresión profundamente cristiana porque coloca el vínculo por encima del
orgullo. No significa negar la verdad ni dejar pasar el mal; significa recordar
que la verdad sin amor puede convertirse en una piedra arrojada contra el otro,
mientras que el amor sin verdad puede terminar siendo una forma de
indiferencia.
Por eso el
camino que propone Jesús tiene pasos. Primero, hablar a solas. Si no alcanza,
buscar a otros. Y si tampoco alcanza, recurrir a la comunidad. Hay una
pedagogía en ese recorrido: no empezar por la exposición, no convertir inmediatamente
el conflicto en espectáculo, no multiplicar innecesariamente los testigos del
fracaso ajeno. Es, en definitiva, una manera de proteger la dignidad del otro
incluso cuando es necesario señalar su error.
Nosotros en un encuentro
Hacia el final del Evangelio aparece una frase que solemos escuchar en muchos contextos: «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». También ésta frase debe, como digo siempre, volver a interpelarnos. No es una frase “hecha”, me parece más una de las tantas significaciones que debemos construir: el “nosotros con Dios”.
Jesús no
aparece solamente cuando todo está resuelto, cuando todos pensamos igual y
cuando la comunidad funciona perfectamente. También está presente cuando dos personas
intentan encontrarse en medio de una dificultad, cuando alguien se anima a
hablar con sinceridad y otro decide escuchar, cuando una comunidad busca
reparar lo que se ha roto en lugar de limitarse a señalar quién tuvo la culpa.
Creo que es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: volver a
encontrarnos.
No solamente
encontrarnos físicamente, sino recuperar la capacidad de escucharnos, de
decirnos la verdad sin crueldad, de pedir perdón sin sentir que estamos
perdiendo una batalla y de aceptar una corrección sin interpretar
inmediatamente que quien nos la hace se ha convertido en nuestro enemigo.
Hay heridas
que necesitan distancia, hay injusticias que requieren denuncia y hay
situaciones en las que poner límites resulta indispensable. El Evangelio no
propone una ingenuidad que desconozca el mal. Pero incluso en esos casos nos
recuerda algo que nuestra época parece olvidar con demasiada facilidad: corregir no es destruir, poner límites no es odiar y decir la verdad no nos da derecho a quitarle la dignidad al otro.
Quizás por
eso, en una sociedad acostumbrada a levantar la voz, Jesús nos propone algo
mucho más revolucionario: acercarnos.
Y quizá
todavía haya muchas cosas que podamos reparar si, antes de hablar del otro,
aprendemos nuevamente a hablar con él. Nos vemos la próxima.










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