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Editorial: La cruz que elegimos llevar
01/09/2026 | 29 visitas
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Hay palabras del Evangelio que conocemos desde siempre y que, precisamente por haberlas escuchado tantas veces, corren el riesgo de dejar de interpelarnos. “Tome su cruz y sígame” es una de ellas. (Por Diácono Roberto Pedraza, Arquidiócesis de Resistencia, Chaco)

La hemos visto en iglesias, en estampas, en procesiones y en tantas conversaciones que podríamos repetirla de memoria, pero quizás por eso mismo convenga detenerse alguna vez y preguntarse qué significa realmente llevar una cruz cuando la vida cotidiana no se parece demasiado a las imágenes con las que solemos representar el sufrimiento.

Hay cruces que nadie elige y que forman parte de la vida humana: una enfermedad, la muerte de alguien querido, las crisis, fracasos, injusticias, dificultades de todo tipo que se prolongan demasiado. En estas situaciones es difícil agradecer el dolor. Tampoco es reconfortante pretender creer que es una “prueba” de Dios. Hay sufrimientos que sencillamente duelen, y una de las formas más profundas de la fe consiste precisamente en permanecer cerca de quien sufre, sin explicaciones fáciles y sin frases destinadas a resolver en unos segundos la situación. Jesús habla de otra cosa cuando invita a tomar la cruz y seguirlo.

No todo sufrimiento es una cruz

Existe una diferencia entre sufrir porque la vida nos ha golpeado y aceptar libremente un camino que sabemos que va a exigirnos esfuerzo, renuncias y perseverancia. No es lo mismo padecer una injusticia que comprometerse para que otros no tengan que padecerla; no es lo mismo sufrir por una situación familiar que decidir permanecer junto a los nuestros cuando sería mucho más cómodo alejarnos; no es lo mismo atravesar una dificultad que asumir la responsabilidad de ayudar a otros a atravesarla.

La cruz cristiana no consiste en buscar el sufrimiento ni en pensar que cuanto más sufrimos, más cerca estamos de Dios. Sino en aceptar que amar de verdad, servir, perdonar, sostener a otros y permanecer fieles a aquello que creemos bueno muchas veces tiene un costo, porque no siempre coincide con lo que nos resulta cómodo o conveniente.

Pedro no entiende esto cuando Jesús anuncia su pasión. Quiere evitarle ese camino, probablemente porque lo ama y porque todavía piensa que el Mesías debería recorrer un camino de triunfo y poder. Pero Jesús le muestra que el mundo busca evitar el costo de lo que verdaderamente vale la pena.

Y quizás allí aparezca una pregunta muy actual para nosotros: ¿Cuántas veces abandonamos alguno bueno simplemente porque comenzó a resultarnos difícil? 

Una época que quiere vivir sin cargar nada

Vivimos en una cultura que, con buenas razones, ha aprendido a valorar el bienestar y la posibilidad de evitar sufrimientos innecesarios. Nadie quiere regresar a épocas en las que sufrir era considerado una virtud en sí misma o en las que se aceptaban injusticias simplemente porque siempre habían existido. Pero una cosa es procurar una vida más humana y otra muy diferente es llegar a pensar que todo aquello que nos exige esfuerzo, paciencia o renuncia debe ser inmediatamente descartado.

Nos cuesta esperar, nos cuesta perseverar y muchas veces nos cuesta incluso permanecer cuando una relación atraviesa dificultades. Queremos resultados rápidos, soluciones inmediatas y caminos que nos permitan llegar sin cansarnos demasiado; cuando algo deja de producir satisfacción o comienza a exigirnos más de lo que estamos dispuestos a ofrecer, aparece fácilmente la tentación de abandonar y buscar otra cosa.

Sin embargo, las cosas verdaderamente importantes rara vez crecen de esa manera. Una familia necesita paciencia para atravesar determinadas etapas, una amistad necesita tiempo para sobrevivir a las diferencias, una vocación necesita perseverancia para no abandonarse ante el primer fracaso y una comunidad necesita personas dispuestas a servir incluso cuando nadie las aplaude. Hay cosas que solamente se construyen cuando alguien está dispuesto a quedarse.

La cruz también puede ser una decisión

Jeremías expresa algo profundamente humano cuando reconoce que quiso callar y olvidarse de su misión porque aquello que anunciaba le había traído burlas y rechazo. Sin embargo, descubre dentro de sí una fuerza que no puede apagar, una especie de fuego interior que lo lleva a continuar.

Quizás todos tengamos alguna experiencia parecida, aunque no tenga necesariamente una dimensión religiosa. Hay momentos en los que uno quisiera abandonar aquello que sabe que debe hacer porque está cansado, porque no recibe reconocimiento o porque resulta mucho más sencillo mirar hacia otro lado. Un padre que continúa acompañando a un hijo cuando la relación se ha vuelto difícil, alguien que cuida durante años a un familiar, una persona que permanece comprometida con una institución de su comunidad, aunque nadie reconozca su esfuerzo o quien se niega a participar de una injusticia aun sabiendo que podría resultarle perjudicial: en todos esos casos existe una elección. Es necesario considerar que no elegimos siempre las circunstancias que nos toca vivir, pero sí podemos elegir qué hacemos con ellas.

Y allí la cruz comienza a adquirir un sentido profundamente cristiano: no se trata simplemente de soportar lo que nos toca, sino de transformar aquello que nos toca en una oportunidad de amor, servicio y fidelidad.

Una sociedad también necesita personas dispuestas a cargar

Quizás una de las dificultades de nuestra vida social sea que estamos acostumbrándonos a hablar mucho de derechos y bastante menos de responsabilidades. Los derechos son fundamentales y deben ser protegidos, pero ninguna comunidad puede sostenerse durante mucho tiempo si cada persona está pendiente exclusivamente de aquello que puede recibir y nadie está dispuesto a preguntarse qué puede aportar.

Una sociedad no se construye solamente con leyes, presupuestos o decisiones tomadas desde las instituciones; también se construye en la vida cotidiana, cuando alguien cumple su palabra, aunque nadie pueda obligarlo, cuando un vecino se ocupa de otro, cuando un profesional trabaja con honestidad, cuando un funcionario recuerda que detrás de cada expediente hay una persona y cuando alguien decide hacer correctamente su tarea en vez de conformarse con hacerla de la forma más fácil y rápida. En nuestras pequeñas acciones diarias se sostiene buena parte de la vida común. Quizás eso sea también cargar la cruz en nuestro tiempo: comprender que hay responsabilidades que nos corresponden sencillamente porque formamos parte de una familia, de un barrio, de una comunidad y de una sociedad.

La cruz no termina en la cruz

Jesús utiliza una expresión que puede resultar desconcertante: quien quiera salvar su vida la perderá, mientras que quien la pierda por él la encontrará. No parece una invitación a despreciar la vida, sino una advertencia contra esa manera de vivir en la que intentamos conservarlo todo para nosotros y terminamos perdiendo aquello que hacía que nuestra existencia tuviera verdadero sentido.

Hay personas que han dedicado buena parte de su vida a cuidar a otros y podrían enumerar todo aquello a lo que tuvieron que renunciar; sin embargo, cuando uno las escucha hablar de su historia, descubre que no sienten que hayan desperdiciado esos años. Padres que sacrificaron muchas cosas por sus hijos, personas que cuidaron durante años a un familiar, hombres y mujeres que dedicaron parte de su vida al servicio de los demás: desde afuera podríamos contabilizar sus renuncias, pero ellos probablemente recuerden aquello que recibieron mientras daban.

Porque hay una lógica que no funciona como las cuentas de un negocio: algunas cosas parecen perderse cuando se entregan, pero precisamente al entregarlas adquieren su verdadero valor.

Y aquí aparece algo que no deberíamos olvidar cuando hablamos cristianamente de sufrimiento:la cruz nunca puede separarse de la resurrección. Si quitamos la resurrección, la cruz se convierte simplemente en una historia de dolor y derrota. Pero el mensaje cristiano anuncia algo mucho más grande: que el amor puede atravesar el sufrimiento sin quedar vencido por él y que la entrega no termina necesariamente en la pérdida.

Por eso cargar la cruz no significa caminar por la vida buscando desgracias ni aceptar pasivamente todo lo que nos sucede. Significa seguir a Cristo aun cuando ese camino nos exija algo de nosotros, aun cuando amar resulte más difícil que rechazar, perdonar más difícil que guardar rencor, servir más difícil que ser servido y permanecer fiel más difícil que abandonar.

Tal vez cada uno sepa bastante bien cuál es esa cruz. Puede ser una responsabilidad que no podemos abandonar, una persona a la que debemos seguir acompañando, una decisión que sabemos que debemos tomar, un perdón que todavía nos cuesta conceder o una tarea silenciosa que nadie reconoce pero que alguien tiene que hacer.

No necesitamos buscar una cruz más grande. Tal vez necesitamos aprender a llevar con amor la que ya tenemos. Mi querido hermano seguir a Cristo no significa escapar de la realidad ni esperar una vida sin dificultades. Significa aprender a vivirla de otra manera, descubriendo que incluso aquello que nos pesa puede convertirse, cuando es asumido desde el amor, en una ocasión para crecer, servir y descubrir para qué estamos viviendo.

Y quizá esa sea la verdadera paradoja de la cruz: que aquello que visto desde afuera parece solamente una carga puede convertirse, cuando se lleva por amor, en el camino por el que una persona descubre que su vida no está hecha solamente para conservarla, sino también para entregarla. ¡Hasta la próxima!

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