La hemos visto en iglesias, en estampas, en
procesiones y en tantas conversaciones que podríamos repetirla de memoria, pero
quizás por eso mismo convenga detenerse alguna vez y preguntarse qué significa
realmente llevar una cruz cuando la vida cotidiana no se parece demasiado a las
imágenes con las que solemos representar el sufrimiento.
Hay cruces que nadie elige y que forman parte
de la vida humana: una enfermedad, la muerte de alguien querido, las crisis, fracasos,
injusticias, dificultades de todo tipo que se prolongan demasiado. En estas
situaciones es difícil agradecer el dolor. Tampoco es reconfortante pretender
creer que es una “prueba” de Dios. Hay sufrimientos que sencillamente duelen, y
una de las formas más profundas de la fe consiste precisamente en permanecer
cerca de quien sufre, sin explicaciones fáciles y sin frases destinadas a
resolver en unos segundos la situación. Jesús habla de otra cosa cuando invita
a tomar la cruz y seguirlo.
No todo sufrimiento es una cruz
Existe una diferencia entre sufrir porque la
vida nos ha golpeado y aceptar libremente un camino que sabemos que va a
exigirnos esfuerzo, renuncias y perseverancia. No es lo mismo padecer una
injusticia que comprometerse para que otros no tengan que padecerla; no es lo
mismo sufrir por una situación familiar que decidir permanecer junto a los
nuestros cuando sería mucho más cómodo alejarnos; no es lo mismo atravesar una
dificultad que asumir la responsabilidad de ayudar a otros a atravesarla.
La cruz cristiana no consiste en buscar el
sufrimiento ni en pensar que cuanto más sufrimos, más cerca estamos de Dios. Sino
en aceptar que amar de verdad, servir, perdonar, sostener a otros y permanecer
fieles a aquello que creemos bueno muchas veces tiene un costo, porque no
siempre coincide con lo que nos resulta cómodo o conveniente.
Pedro no entiende esto cuando Jesús anuncia su
pasión. Quiere evitarle ese camino, probablemente porque lo ama y porque
todavía piensa que el Mesías debería recorrer un camino de triunfo y poder.
Pero Jesús le muestra que el mundo busca evitar el costo de lo que verdaderamente
vale la pena.
Y quizás allí aparezca una pregunta muy actual
para nosotros: ¿Cuántas veces abandonamos alguno bueno simplemente porque comenzó a resultarnos difícil?
Una época que quiere vivir sin cargar nada
Vivimos en una cultura que, con buenas
razones, ha aprendido a valorar el bienestar y la posibilidad de evitar
sufrimientos innecesarios. Nadie quiere regresar a épocas en las que sufrir era
considerado una virtud en sí misma o en las que se aceptaban injusticias
simplemente porque siempre habían existido. Pero una cosa es procurar una vida
más humana y otra muy diferente es llegar a pensar que todo aquello que nos
exige esfuerzo, paciencia o renuncia debe ser inmediatamente descartado.
Nos cuesta esperar, nos cuesta perseverar y
muchas veces nos cuesta incluso permanecer cuando una relación atraviesa
dificultades. Queremos resultados rápidos, soluciones inmediatas y caminos que
nos permitan llegar sin cansarnos demasiado; cuando algo deja de producir
satisfacción o comienza a exigirnos más de lo que estamos dispuestos a ofrecer,
aparece fácilmente la tentación de abandonar y buscar otra cosa.
Sin embargo, las cosas verdaderamente
importantes rara vez crecen de esa manera. Una familia necesita paciencia para
atravesar determinadas etapas, una amistad necesita tiempo para sobrevivir a
las diferencias, una vocación necesita perseverancia para no abandonarse ante
el primer fracaso y una comunidad necesita personas dispuestas a servir incluso
cuando nadie las aplaude. Hay cosas que solamente se construyen cuando alguien
está dispuesto a quedarse.
La cruz también puede ser una decisión
Jeremías expresa algo profundamente humano cuando reconoce que quiso callar y olvidarse de su misión porque aquello que anunciaba le había traído burlas y rechazo. Sin embargo, descubre dentro de sí una fuerza que no puede apagar, una especie de fuego interior que lo lleva a continuar.
Quizás todos tengamos alguna experiencia
parecida, aunque no tenga necesariamente una dimensión religiosa. Hay momentos en
los que uno quisiera abandonar aquello que sabe que debe hacer porque está
cansado, porque no recibe reconocimiento o porque resulta mucho más sencillo
mirar hacia otro lado. Un padre que continúa acompañando a un hijo cuando la
relación se ha vuelto difícil, alguien que cuida durante años a un familiar,
una persona que permanece comprometida con una institución de su comunidad,
aunque nadie reconozca su esfuerzo o quien se niega a participar de una
injusticia aun sabiendo que podría resultarle perjudicial: en todos esos casos
existe una elección. Es necesario considerar que no elegimos siempre las
circunstancias que nos toca vivir, pero sí podemos elegir qué hacemos con
ellas.
Y allí la cruz comienza a adquirir un sentido
profundamente cristiano: no se trata simplemente de soportar lo que nos toca,
sino de transformar aquello que nos toca en una oportunidad de amor, servicio y
fidelidad.
Una sociedad también necesita personas dispuestas a cargar
Quizás una de las dificultades de nuestra vida social sea que estamos acostumbrándonos a hablar mucho de derechos y bastante menos de responsabilidades. Los derechos son fundamentales y deben ser protegidos, pero ninguna comunidad puede sostenerse durante mucho tiempo si cada persona está pendiente exclusivamente de aquello que puede recibir y nadie está dispuesto a preguntarse qué puede aportar.
Una sociedad no se construye solamente con
leyes, presupuestos o decisiones tomadas desde las instituciones; también se
construye en la vida cotidiana, cuando alguien cumple su palabra, aunque nadie
pueda obligarlo, cuando un vecino se ocupa de otro, cuando un profesional
trabaja con honestidad, cuando un funcionario recuerda que detrás de cada
expediente hay una persona y cuando alguien decide hacer correctamente su tarea
en vez de conformarse con hacerla de la forma más fácil y rápida. En nuestras
pequeñas acciones diarias se sostiene buena parte de la vida común. Quizás eso
sea también cargar la cruz en nuestro tiempo: comprender que hay
responsabilidades que nos corresponden sencillamente porque formamos parte de
una familia, de un barrio, de una comunidad y de una sociedad.
La cruz no termina en la cruz
Jesús utiliza una expresión que puede resultar desconcertante: quien quiera salvar su vida la perderá, mientras que quien la pierda por él la encontrará. No parece una invitación a despreciar la vida, sino una advertencia contra esa manera de vivir en la que intentamos conservarlo todo para nosotros y terminamos perdiendo aquello que hacía que nuestra existencia tuviera verdadero sentido.
Hay personas que han dedicado buena parte de
su vida a cuidar a otros y podrían enumerar todo aquello a lo que tuvieron que
renunciar; sin embargo, cuando uno las escucha hablar de su historia, descubre
que no sienten que hayan desperdiciado esos años. Padres que sacrificaron
muchas cosas por sus hijos, personas que cuidaron durante años a un familiar,
hombres y mujeres que dedicaron parte de su vida al servicio de los demás:
desde afuera podríamos contabilizar sus renuncias, pero ellos probablemente
recuerden aquello que recibieron mientras daban.
Porque hay una lógica que no funciona como las
cuentas de un negocio: algunas cosas parecen perderse cuando se entregan, pero
precisamente al entregarlas adquieren su verdadero valor.
Y aquí aparece algo que no deberíamos olvidar
cuando hablamos cristianamente de sufrimiento:la cruz nunca puede separarse de la resurrección. Si quitamos la resurrección, la cruz se
convierte simplemente en una historia de dolor y derrota. Pero el mensaje cristiano
anuncia algo mucho más grande: que el amor puede atravesar el sufrimiento sin
quedar vencido por él y que la entrega no termina necesariamente en la pérdida.
Por eso cargar la cruz no significa caminar
por la vida buscando desgracias ni aceptar pasivamente todo lo que nos sucede.
Significa seguir a Cristo aun cuando ese camino nos exija algo de nosotros, aun
cuando amar resulte más difícil que rechazar, perdonar más difícil que guardar
rencor, servir más difícil que ser servido y permanecer fiel más difícil que
abandonar.
Tal vez cada uno sepa bastante bien cuál es
esa cruz. Puede ser una responsabilidad que no podemos abandonar, una persona a
la que debemos seguir acompañando, una decisión que sabemos que debemos tomar,
un perdón que todavía nos cuesta conceder o una tarea silenciosa que nadie
reconoce pero que alguien tiene que hacer.
No necesitamos buscar una cruz más grande. Tal
vez necesitamos aprender a llevar con amor la que ya tenemos. Mi querido
hermano seguir a Cristo no significa escapar de la realidad ni esperar una vida
sin dificultades. Significa aprender a vivirla de otra manera, descubriendo que
incluso aquello que nos pesa puede convertirse, cuando es asumido desde el
amor, en una ocasión para crecer, servir y descubrir para qué estamos viviendo.
Y quizá esa sea la verdadera paradoja de la
cruz: que aquello que visto desde afuera parece solamente una carga puede
convertirse, cuando se lleva por amor, en el camino por el que una persona
descubre que su vida no está hecha solamente para conservarla, sino también
para entregarla. ¡Hasta la próxima!









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