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Editorial: La libreta del perdón
14/09/2026 | 29 visitas
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Hay personas que llevan una libreta invisible en el corazón. Allí anotan lo que alguien les hizo, aquella palabra que todavía duele, la injusticia que nunca fue reparada, la traición, el abandono, la disculpa que nunca llegó. No hace falta escribir nada: la memoria se encarga de guardar cada detalle y, de tanto en tanto, vuelve a abrir la página correspondiente. (Por Roberto Pedraza, Diácono Permanente de la Arquidiócesis de Resistencia, Chaco)

Tal vez por eso el Evangelio de este domingo resulta tan incómodo. Pedro se acerca a Jesús y le pregunta cuántas veces debe perdonar a un hermano que lo ofende. Piensa en un número razonable, en un límite que permita saber hasta dónde llega la paciencia. Jesús, en cambio, responde con una medida que rompe cualquier cálculo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Después cuenta la historia de un hombre al que le perdonan una deuda enorme y que, apenas sale de allí, se encuentra con alguien que le debe mucho menos. En lugar de tener misericordia, le exige el pago. La escena es sencilla, pero toca una de esas contradicciones humanas que todos conocemos.

 

La memoria de las heridas

Perdonar no significa hacer de cuenta que nada ocurrió. Hay heridas verdaderas, injusticias que necesitan ser reconocidas y situaciones en las que es necesario poner límites, tomar distancia o reclamar justicia. El perdón cristiano no pide negar el daño ni aceptar nuevamente aquello que nos hizo mal. El problema comienza cuando la herida deja de ser algo que nos sucedió y pasa a convertirse, prácticamente, en el lugar desde donde vivimos.

Podemos recordar lo ocurrido para aprender, para cuidarnos y para no repetirlo. Pero también podemos quedar atrapados allí, esperando durante años una explicación, una disculpa o algún reconocimiento que quizá nunca llegue. Es como conducir en la ruta mirando constantemente el espejo retrovisor.

 

Todos tenemos alguna deuda

La parábola de Jesús incomoda porque no nos permite ubicarnos fácilmente entre los buenos y los malos. El hombre que recibió misericordia y después fue incapaz de ofrecerla se parece demasiado a nosotros.

Cuando se trata de nuestros propios errores conocemos todas las circunstancias. Sabemos explicar por qué reaccionamos mal, por qué dijimos algo que no debíamos, por qué fallamos. Pedimos que los demás comprendan nuestra historia completa.Pero cuando se trata del otro, muchas veces alcanza una sola equivocación para condenarlo.

Todos hemos necesitado alguna vez paciencia. Todos hemos recibido una segunda oportunidad. Todos tenemos alguna deuda que no podríamos pagar si la vida estuviera regida únicamente por la lógica de las cuentas. Y allí aparece una de las preguntas más profundas del Evangelio: ¿qué hacemos con la misericordia que nosotros mismos hemos recibido?

 

Una sociedad que también guarda cuentas

Lo que sucede entre las personas se extiende también a la sociedad. Hay conflictos que pasan de una generación a otra, familias que permanecen distanciadas durante años y comunidades que continúan discutiendo viejas heridas como si hubieran ocurrido ayer. Una sociedad necesita memoria, porque olvidar sus errores significa correr el riesgo de repetirlos. Pero memoria y resentimiento no son la misma cosa. La memoria puede ayudarnos a comprender, pero el resentimiento necesita cobrar algo.

Cuando una comunidad vive permanentemente pasando facturas, cada discusión nueva termina cargando también con todas las anteriores. Ya no hablamos solamente de lo que está sucediendo hoy: volvemos a sacar aquello que ocurrió hace años, como si necesitáramos demostrar una y otra vez quién fue el primero en equivocarse, así no podemos construir algo nuevo.

 

Perdonar no es perder

A veces pensamos que perdonar significa darle la razón al otro, dejar que gane o aceptar que lo que hizo no tuvo importancia. Pero perdonar puede significar justamente lo contrario: recuperar la libertad frente a aquello que nos hirió.

El pasado no puede modificarse. Una palabra no puede retirarse, un daño no puede deshacerse y algunos vínculos quizá nunca vuelvan a ser como antes. Pero podemos decidir qué lugar ocupará todo eso en nuestra vida.

Perdonar no siempre significa reconciliarse. Hay relaciones que necesitan distancia y personas de las que debemos protegernos. También puede ser necesario reclamar justicia. Pero una cosa es poner un límite y otra muy distinta vivir deseando la destrucción del otro.

Podemos decir: «Esto que ocurrió estuvo mal» y, al mismo tiempo, decidir que el odio no va a gobernar nuestra vida. Eso es perdonar.

 

Justicia y misericordia

El Evangelio tampoco propone una sociedad en la que todo se disculpe sin consecuencias. La misericordia no significa impunidad y el perdón no elimina la responsabilidad. Hay situaciones que deben ser reparadas y personas que tienen que responder por sus actos. Pero incluso cuando la justicia es necesaria, queda abierta una pregunta más profunda: ¿qué hacemos después con aquello que nos hicieron?

Podemos obtener una reparación y continuar llenos de resentimiento. Podemos demostrar que teníamos razón y seguir atados a la misma historia.

La misericordia abre otra posibilidad: que el daño no tenga la última palabra.

Quizá por eso Jesús insiste tanto con el perdón. No porque el dolor no importe, sino porque nuestra vida vale demasiado como para quedar definida para siempre por aquello que alguien hizo contra nosotros.

 

Dejar alguna cuenta sobre la mesa

Tal vez alguna vez deberíamos revisar esa libreta invisible que todos llevamos. No para arrancar sus páginas y fingir que nada ocurrió, sino para preguntarnos cuánto espacio siguen ocupando esas cuentas pendientes.

Quizá allí encontremos algo que Jesús quiere mostrarnos: perdonar no siempre cambia al otro, pero puede cambiarnos a nosotros. A veces no podemos conseguir que alguien reconozca el daño que nos hizo, ni podemos obligarlo a pedir perdón. Lo que sí podemos decidir es cuánto tiempo más queremos seguir entregándole nuestra vida a esa historia.

Pedro quería saber cuántas veces había que perdonar. Jesús no le dio un número porque el amor no funciona como una contabilidad.

Todos tenemos deudas. Todos hemos fallado. Todos hemos necesitado misericordia. Y todos, en algún momento, tendremos que decidir qué hacemos con las heridas que llevamos.

Hay cuentas que nunca podremos cobrar del todo. Hay explicaciones que quizá nunca recibamos y disculpas que quizá nunca lleguen. Pero no podemos consumir nuestra vida en eso.

Quizá algunas de esas cuentas tengamos que aprender a dejarlas sobre la mesa. No porque el daño no haya existido, ni porque la justicia no importe, sino porque llega un momento en que seguir cobrando también puede ser otra forma de permanecer atados al pasado.

Y tal vez perdonar sea eso: dejar de vivir mirando lo que nos deben para poder reconocer, finalmente, todo aquello que nosotros también hemos recibido.

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